Tardó un par de segundos en reaccionar, y cuando finalmente la conciencia volvió a Sofía, también lo hizo su cordura.
—¿Sebastián?
Su expresión mostraba cierta disculpa.
Sebastián sonrió y bromeó para aliviar la tensión:
—Corres tan rápido que pensé que tenías a un fantasma persiguiéndote.
Su intención solo era hacer una broma para romper el hielo, pero en la mente de Sofía apareció de inmediato el rostro frío y destrozado de aquel hombre.
Sofía se quedó en silencio.
*De hecho, sí, parece que me persigue un fantasma.*
Parpadeó para apartar esos pensamientos de su mente y asintió cortésmente hacia Sebastián.
—¿Necesitabas algo, Sebastián?
—Vienes a buscar el vestido de novia, ¿verdad? Sígueme, yo te llevo.
Le hizo una señal con la mano, indicándole el camino.
Sofía entendió y comenzó a seguirlo.
Caminaron uno detrás del otro hasta llegar a una habitación con la puerta entreabierta. A través de la rendija, se veía la figura de Jaime Calleja, ajustando meticulosamente el vestido de novia sobre un maniquí.
Los ojos de Sofía se oscurecieron por un segundo antes de adelantarse y entrar.
—¡Señorita Sofía!
Jaime detuvo lo que estaba haciendo y se apartó unos pasos por respeto.
El vestido de novia descansaba sobre el maniquí, con la falda completamente extendida.
La habitación no era para nada pequeña, pero la cola del vestido cubría casi la mitad del suelo.
Un destello de asombro brilló en los ojos de Sofía.
A decir verdad, esta era la primera vez que veía de cerca ese vestido.
Años atrás, cuando era joven y vivía con la familia Rojas, nunca tuvo acceso a él. A lo mucho, hurgando en los armarios, había logrado ver apenas el borde de la exquisita tela.


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