Santiago sintió que le faltaba el aire. La conmoción fue tal que en sus ojos, siempre tan oscuros y serenos como un lago congelado, brilló un destello de pura agonía y desesperación.
¿Qué significaban sus palabras?
Incapaz de controlarlo, apretó los labios con fuerza mientras su corazón latía de manera desbocada, temblando en su pecho.
¿Cómo que podía hacerse a la idea de que ella y Bea nunca habían existido?
¿Acaso con una sola frase pretendía borrar todo lo que habían vivido juntos?
De pronto, sintió que las manos y los pies se le helaban. En medio de su aturdimiento, un pensamiento lo asaltó: cuando él había sido tan frío y se había negado a escuchar las explicaciones de Sofía en el pasado, ¿se habría visto tan implacable como ella se veía ahora?
—Sofía...
Su garganta se cerró, y no pudo evitar extender una mano, anhelando tocarla.
Sus dedos largos y elegantes habían perdido todo color, y las venas pálidas se marcaban bajo la piel de sus nudillos.
—No deberíamos estar así.
Santiago intentó acercarse un paso más, pero al final, su mano se quedó congelada en el aire bajo la mirada gélida de la mujer, y lentamente la dejó caer.
—Si te mudas a Santa Fe, entonces volaré cada cierto tiempo para acompañarlas a ti y a mi hija.
Hizo un esfuerzo titánico por ocultar sus verdaderas emociones, manteniendo esa fachada de compostura y frialdad que siempre lo caracterizaba, aunque el brazo que colgaba a su costado temblaba ligeramente.
Sofía frunció el ceño. Definitivamente no esperaba que Santiago respondiera de esa manera.
Lo miró con desconfianza, escrutándolo de arriba abajo, llegando incluso a dudar por un segundo si el hombre que tenía enfrente era realmente Santiago Cárdenas.
—No es necesario.
Quizás porque el ambiente en la habitación se había vuelto asfixiantemente denso, ella apartó la mirada y lo rechazó sin rodeos.
Ese rechazo tan rotundo hizo que la profunda oscuridad en los ojos de Santiago se resquebrajara, mostrando fracturas invisibles.


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