—Está bien.
Isidora apretó los dientes y golpeó la mesa para detener a Sebastián.
Él, que ya estaba a un paso de la puerta, frenó en seco y, antes de girarse, le guiñó un ojo con aire triunfal a Sofía.
—Cien millones es una suma importante, ¿no necesitas consultarlo con el Señor Jia?
De vuelta en su asiento, Sebastián se acomodó relajadamente, apoyando la cabeza en una mano mientras escudriñaba a Isidora con total tranquilidad.
Isidora hervía de rabia por dentro, pero temía que Sebastián pudiera cancelar el trato en cualquier momento, así que forzó una sonrisa para explicarse.
—No es necesario, tengo autoridad para decidirlo.
—Trescientos millones son trescientos millones. Por favor, Sebastián, proceda con la transferencia.
Sin poder contenerse más, empujó la tarjeta negra hacia él.
Sebastián la tomó con naturalidad, pasando el pulgar por los números y figuras en relieve. Levantó la vista y clavó sus ojos en ella.
—No me imaginé que el Señor Jia también fuera de Olivetto.
Sonrió; aunque sus palabras sonaban amables, el tono ligero y ascendente al final daba una sensación de frío en la espina dorsal.
Isidora se sintió profundamente incómoda, pero estando en desventaja, no tuvo más remedio que disimular.
—Sebastián, sin duda usted conoce a todo el mundo.
Intentó responderle con la mejor sonrisa que pudo fingir.
—Tengo un buen amigo en Olivetto, y por eso sé que las personas con este tipo de tarjeta negra exclusiva en ese banco se pueden contar con los dedos de las manos. Me sorprende que el Señor Jia, siendo tan joven, ya tenga una de estas tarjetas edición limitada.
Comentó, sonando reflexivo. Aunque hablaba del tal 'Señor Jia', su mirada no dejaba de recorrer a Isidora de arriba abajo.
La mirada penetrante de Sebastián le puso la piel de gallina. Lo único que quería era terminar con eso y largarse de allí lo antes posible; la sonrisa que se obligaba a mantener era cada vez más rígida.
—Jaja.
Soltó una risa nerviosa, ya sin saber qué responderle. Solo se quedó mirando con ansias a la asistente que estaba al lado de Sebastián, esperando que procesara el pago.
Sebastián no dio más vueltas y le indicó al personal que usara la cuenta corporativa para hacer la transferencia.
—Ya se realizó la transferencia, presidente Aguilera.
El empleado bajó un poco la cabeza, con tono respetuoso y suave, pero Isidora, de pie al otro lado, lo escuchó fuerte y claro.
El corazón de Isidora dio un salto, llenándola de euforia.
¡Por fin! ¡Trescientos millones! ¡Eran nada menos que trescientos millones! Aunque la familia Rojas había tenido éxito primero en Villa Laguna y luego en Olivetto, siendo una familia prestigiosa, manejar un flujo de efectivo de trescientos millones era algo que nunca antes habían soñado.
Isidora ya ni siquiera tenía tiempo para lamentarse por los doscientos millones que había perdido; lo único que le importaba era agarrar la tarjeta y desaparecer.
—Pasa la tarjeta por el lector primero, para asegurarnos de que todo esté en orden.
Sebastián le tendió la terminal bancaria e Isidora no lo dudó ni un segundo.
Al pasarla, vio cómo en la pantalla aparecía instantáneamente una cantidad incontable de ceros.
Los ojos de Isidora brillaban tanto que parecía que tenían luz propia.
—¡Todo está en orden!


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