—La señorita Spencer dice que los buenos amigos comparten —respondió uno de los niños con seguridad. Los demás asintieron con entusiasmo.
Daven también asintió, conmovido.
—Es una lección maravillosa. Gracias por enseñármela.
—¡Anímese a comer con nosotros, señor Daven! —lo alentó uno de los pequeños.
—Sí, señor Daven —añadió Maureen con timidez, mientras le entregaba una cajita de leche de fresa—. Tenga, esto es para usted.
Daven sonrió de par en par.
—Pues muchas gracias, pequeña. ¿Y cómo te llamas?
—Maureen —respondió ella en voz baja.
—Muy bien, Maureen. Lo acepto con mucho gusto.
Continuaron el almuerzo entre risas ligeras, mientras el ambiente rebosaba de inocencia y alegría. Daven ahora tenía una gran variedad de comida: nuggets, trozos de sándwich e incluso una caja de jugo; todo ofrecido sin vacilar por los niños que lo rodeaban. Para ellos, él no era solo un adulto; era parte de su pequeño grupo.
—Señor Daven —preguntó Josh con curiosidad y los ojos muy abiertos—, ¿le gusta el cuento del ciervito astuto que se perdió en el bosque?
—Mmm... creo que nunca lo he escuchado —Daven ladeó la cabeza, pensativo—. ¿Por qué? ¿Me lo leerías?
—¿Estaría bien?
—¿Por qué no habría de estarlo? —Daven sonrió de oreja a oreja—. A menos que a ti te moleste.
—Para nada —afirmó Josh con firmeza—. Lo leeré después del almuerzo. ¿Me esperará?
—¡Sí, señor Daven! Espere un poco después de que terminemos de comer —intervino otro de los niños—. Josh es muy bueno leyendo cuentos. ¡Nos encanta la hora de lectura!
Daven asintió, encantado.
—Entonces esperaré.
Josh se echó a reír con una voz que rebosaba alegría. Y a Daven lo tomó por sorpresa lo mucho que todo aquello lo conmovía. Ese momento se sentía ajeno a su mundo tan bien estructurado. Nunca en su vida se había sentado así, con las piernas cruzadas en el suelo rodeado de niños, compartiendo su comida; no, recibiendo comida de ellos.
Era un hombre capaz de comprar una empresa entera de fabricación de alimentos... y allí estaba él, recibiendo nuggets de pollo de manos de un niño de seis años.
Pero por encima de todo, había una pregunta que lo inquietaba. Algo que necesitaba saber.
—Josh —dijo Daven manteniendo un tono suave—, ¿puedo preguntarte algo? ¿Cuál es tu nombre completo?
Josh parpadeó, un poco confundido por la pregunta.
—Mami dijo que no debo decírselo a extraños.
—¿Soy un extraño para ti? —preguntó Daven con dulzura.
—¿No es usted amigo de Josh, señor Daven? —preguntó David confundido—. Yo soy David Anderson, señor Daven. El nombre de mi mamá es Emily Rose y mi papá es Pitt Anderson.
—Gracias, David. Es un nombre genial —respondió Daven, levantando el pulgar.

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