—¿Tu agenda siempre está así de apretada? —el tono de Vanessa era afilado; se cruzó de brazos con firmeza mientras miraba a Daven con una clara desaprobación. Había expresado su frustración más veces de las que podía contar, pero nada de eso parecía afectar los obsesivos hábitos de trabajo de Daven.
Daven suspiró, con los ojos todavía fijos en el documento que tenía en las manos. Lentamente, se quitó las gafas y miró a su esposa.
—Te lo dije; esta semana tengo mucho que hacer. Mi agenda está llena.
—Esa es siempre tu respuesta —masculló Vanessa, subiendo un poco el volumen de su voz—. Ni siquiera pudiste ir a la cena con mi cliente de modas la semana pasada. ¡Eso era importante para mí, Daven!
—Vanessa —respondió él de forma tajante, con un tono carente de disculpas y la mirada indiferente.
Ella chasqueó la lengua con fastidio.
—Mañana es la sesión de fotos para el catálogo. Quiero que estés ahí. Sabes cuánto lo he estado esperando.
Daven no levantó la mirada esta vez. En su lugar, pasó a la siguiente página de su informe.
—Creo que tengo una reunión...
—Puedes reprogramarla —lo interrumpió ella bruscamente—. Eres el director general. Eres el dueño de la empresa. ¿O es que me estás evitando deliberadamente, Dav?
La tensión en la habitación se disparó. Daven cerró el archivo que tenía en las manos, de forma lenta y pausada, y luego la miró con seriedad.
—Sabes que los proyectos de expansión en Osaka y Frankfurt están en una etapa crítica. Debo estar al tanto de todo.
—Y yo soy tu esposa —dijo Vanessa, enfatizando la palabra—. Pero desde que nos casamos, parece que no has hecho otra cosa más que ignorarme.
Sus miradas se cruzaron, pero ya no quedaba ternura alguna. Solo enfado. Frialdad.
—Han pasado siete años, Daven. Y estás más lejos de mí que nunca —dijo ella con desprecio—. Siempre te escondes detrás de tus supuestos proyectos. Ya casi no pasamos tiempo juntos. Ni siquiera puedes hacer un espacio para una simple cena. ¿Es este el tipo de matrimonio que querías?

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