—Buenos días a todos —saludó Althea con amabilidad al entrar a la sala de profesores.
—Buen día, Althea —respondieron varias voces. Algunos otros le dedicaron sonrisas educadas.
—¿Trajiste el desayuno otra vez? —preguntó Tony, el siempre enérgico profesor de educación física, mientras se enderezaba en su asiento—. Justo a tiempo; mi café ya está listo.
—¿No pudiste pasar por la panadería de camino aquí? —murmuró Maria, la profesora de matemáticas, poco impresionada por el entusiasmo de Tony.
—¿Qué tiene de malo esperar un milagro? —Tony se rio entre dientes.
—Traje un poco —respondió Althea con una sonrisa gentil—. A Josh le gustó, así que hice un extra.
Sacó una bolsa de papel llena de pan con pasas. El aroma dulce y mantequilloso inundó la habitación, atrayendo varias miradas hambrientas.
—Sírvanse —dijo con calidez, ofreciéndolas a todos.
—Vaya, en serio te defiendes muy bien en la cocina —comentó Maria, impresionada a su pesar.
—¿Podría darme la receta, señorita Althea? —preguntó Rosa con los ojos brillantes después de probar una rebanada de la tostada—. Está deliciosa. No es demasiado dulce, es perfecta para el té.
—¡O para el café! —intervino Tony con entusiasmo.
Althea sonrió con alegría. Estos eran los momentos que tanto había anhelado: días tranquilos y pacíficos en los que la vida avanzaba con suavidad, lejos de susurros críticos o miradas de desprecio. Solo calidez, sencillez y sinceridad.
—¿Señorita Grayson?
La voz que la llamaba hizo que todos miraran hacia la puerta. Allí, con las cejas ligeramente arqueadas, estaba nada menos que Chase Miller, el director de la escuela.
—¿Qué está pasando aquí? —preguntó, genuinamente confundido por el pequeño grupo reunido en un rincón de la sala de profesores.
—Oh, director. —Maria se rio—. Solo estamos probando el pan casero de la señorita Althea.
Chase asintió lentamente.
—¿Quería verme, señor Miller? —Althea se acercó a él, con un tono educado pero reservado.
—Acompáñeme a mi oficina —dijo con voz baja pero firme. Sus pasos resonaron por el pasillo y Althea no tuvo más remedio que seguirlo.
—Buena suerte, Althea —bromeó Maria en un susurro juguetón.
No pasó mucho tiempo antes de que la puerta de la oficina del director apareciera a la vista. Althea lo siguió en silencio, deteniéndose solo de vez en cuando para sonreír y devolver el saludo a los estudiantes con los que se cruzaban.

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