—¡¿Althea?!
Lydia se inclinó con los ojos empañados en lágrimas mientras observaba la cara de su mejor amiga.
—Dios mío, por fin despertaste.
La luz del techo la deslumbraba. El penetrante aroma a antiséptico le inundó la nariz a Althea mientras parpadeaba lentamente para abrir los ojos. Aún veía borroso, pero reconoció el pánico en aquella voz tan familiar. Intentó sonreír, aunque sentía el cuerpo insoportablemente pesado.
—Ven, te ayudo —preguntó Lydia con rapidez, sosteniéndola mientras se acomodaba para sentarse en la cama del hospital—. Con cuidado, Althea.
—¿Dónde... estoy?
—En el hospital. Te desmayaste en el cementerio. ¡Me espantaste!
—Lo siento —susurró Althea, intentando dedicarle una sonrisa tranquilizadora.
—Voy a buscar al médico. Ya vengo.
No pasó mucho tiempo antes de que un médico entrara en la habitación, seguido de dos enfermeras. Ambas le dedicaron sonrisas amables mientras se acercaban a la cama.
—Buenas noches, señorita Grayson. Soy el doctor Felix, el médico de turno esta noche. ¿Cómo se siente? Ya realizamos algunos chequeos preliminares y una breve observación.
—Todavía estoy un poco mareada, pero creo que estoy bien —respondió Althea, mirándolo con incertidumbre—. ¿Qué... qué me pasó, doctor?
El doctor le dirigió una mirada bondadosa antes de consultar la tabla que tenía en las manos.
—Ha estado experimentando una fatiga considerable, pero esa no es nuestra mayor preocupación en este momento.
Una enfermera le entregó el resultado de un análisis. Él le echó un vistazo y luego dijo con suavidad:
—También descubrimos que se encuentra en las primeras etapas de un embarazo. Alrededor de tres semanas, aproximadamente, pero...
—¿Qué? —interrumpió Althea en voz baja, apenas audible—. ¿Estoy... embarazada?
Lydia, sentada junto a la cama, se volvió hacia el médico con la cara tensa.
—Doctor, por favor, explíquese mejor.
—Su estado es muy frágil —dijo él con cuidado—. Es un embarazo incipiente y delicado. La señorita Althea necesita reposo: nada de estrés, nada de actividad fuerte, no debe cargar objetos pesados y, por supuesto, no puede conducir sola.
La enfermera intervino también:
—Recomendamos mucho que permanezca internada unos días para seguir monitoreándola.
Althea asintió, todavía aturdida, tratando de asimilar la noticia.
—En serio... ¿estoy embarazada?

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