—Gracias —dijo Althea con frialdad, con una voz calmada.
Las palabras iban dirigidas a Daven, quien había insistido en ayudarla. Lena la seguía en silencio mientras la acompañaba a la puerta principal. Daven cargaba una de las maletas sin decir nada; no había pronunciado palabra desde la escena que se había desatado en el comedor, un caos provocado por su propia madre.
—Yo te llevo —dijo Daven por fin.
Althea negó con firmeza.
—No será necesario. Deberías concentrarte en tu trabajo; estoy segura de que tienes mucho por hacer —echó un vistazo al reloj en su muñeca—. La persona que vendrá a buscarme llegará en cualquier momento.
—Solo dime a dónde vas y yo te llevaré. No voy a dejar que te vayas sola —dijo él, con un tono que no admitía discusiones.
—No hagas esto más difícil de lo que ya es. —Althea sonrió—. Ya no soy nadie para ti. ¿O ya olvidaste lo que dijiste ayer?
Daven tragó saliva con dificultad. Por supuesto que no lo había olvidado. Cada palabra que había dicho esa mañana seguía grabada a fuego en su memoria. Palabras que habían dejado a Althea sumida en el silencio, seguidas de una sonrisa que lo atormentaba desde entonces. No porque la hiciera ver hermosa, sino porque contenía una tristeza tan profunda que casi lo destrozaba.
—Tenías razón —continuó Althea—. Fui yo quien forzó algo que no debía ser. Debí haberlo sabido. Ya tuve suficiente suerte con haber tenido aunque fuera un papel secundario en tu vida.
Miró hacia el frente.
—Gracias de nuevo, Daven. En serio espero que... encuentres la felicidad.
—Solo quiero asegurarme de que llegues a salvo. ¿Por qué está tan m...?
—¿Vas a llevarla? —Vanessa interrumpió el momento, incrédula.

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