Mientras tanto, en la oficina de Chase.
Althea estaba sentada con las manos envueltas alrededor de la taza de café. Esa sensación de inquietud le estuvo royendo toda la mañana, sin importar cuánto intentara apartarla.
—¿Dónde vas a recoger a Josh? —preguntó Chase con voz deliberadamente suave.
Sabía exactamente por qué estaba así. Cuando se trataba de sus propios problemas, Althea siempre los manejaba con calma y determinación. Pero cuando involucraba a Josh, la compostura se le escapaba. Se ponía inquieta, preocupada, y era lo más normal. Instinto de madre, quizá.
—En TimeOne Solaviz Plaza —respondió Althea con un largo suspiro—. Ahora mismo, Daven está ahí con él. Almorzaron juntos después de jugar.
Chase acercó la silla hasta quedar a su lado y le puso la mano sobre la de ella en una muestra silenciosa de apoyo. Quería que sintiera que nunca estaba lejos, que siempre estaba ahí, respaldando sus decisiones. Incluso esta: darle permiso a Daven para pasar tiempo con Josh.
—Estoy seguro de que el señor Callister no va a cruzar los límites que le pusiste, mi amor.
Althea cerró los ojos un momento antes de encontrar su mirada.
—Aun así, no puedo evitar preocuparme.
—Si lo hace, ¿no será él quien pague el precio más alto? No tienes que temer que te arrastre a una batalla legal. Y si lo intenta, no voy a dudar en humillarlo públicamente.
Sus palabras le arrancaron una sonrisa.
—Gracias por eso, Chase. De verdad, si no estuvieras aquí a mi lado, no sé qué haría.
Se apretaron las manos, un intercambio silencioso de fortaleza, hasta que el timbre escandaloso del teléfono de Chase cortó el momento. El nombre de Adrian apareció en la pantalla. Chase contestó y activó el altavoz para que Althea también pudiera escuchar.
—Adrian —dijo con tono parejo.
—Señor, acabo de salir del tribunal. El proceso legal contra Vanessa Blake avanza bien, pero...
Althea se enderezó por instinto y concentró toda su atención en el informe de Adrian.
—¿Hay algún problema? —preguntó Chase, calmado pero alerta.


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