—¡Maldita sea! —maldijo Vanessa, limpiándose el interminable rastro de lágrimas que le corría por las mejillas—. ¡Desgraciado!
Pero no había nadie para escucharla. El silencio la envolvía, asfixiante. Las piernas le fallaron y se desplomó en el suelo, con las manos temblorosas y todo el cuerpo sacudiéndose. Miró a su alrededor el desastre: sillas volcadas, vidrio hecho pedazos, el piso manchado de rojo por la sangre que le goteaba del pie.
—No. No, esto no puede estar pasando. No quiero estar sola —susurró.
Todo ese caos era obra suya, pero la presión en el pecho, la furia que le ardía en las venas, se negaba a ceder. Las imágenes se repetían en su cabeza, nítidas y despiadadas. Todo lo que debió jugar a su favor se había vuelto en su contra, rebotándole con una fuerza que no podía detener, una tormenta que no podía controlar.
—¿Por qué me pasa esto a mí? —Vanessa agachó la cabeza, con la voz quebrada—. ¿Por qué soy yo la que se queda sola?
Normalmente nunca le faltaba gente alrededor. La fama la había rodeado de admiradores, su estatus como esposa de un empresario exitoso le daba influencia, y como hija de Theo Blake, cuyo nombre era poderoso y respetado, siempre había estado en el centro de atención.
Pero esa noche… estaba sola. Hasta la empleada que había intentado ayudarla a vendarse las heridas se había ido. En el fondo, Vanessa quería llamarla de vuelta, pero el orgullo no se lo permitía.
Con la mano temblorosa buscó el celular. Con un gesto desesperado, tocó el único nombre que le vino a la mente: James.
El tono de marcado sonó una y otra vez, sin respuesta.
—Vamos, contesta —susurró, con la voz quebrándosele—. No te atrevas a dejarme tú también.
Los sollozos se le hicieron más fuertes, con los hombros sacudiéndose. Marcó de nuevo. Y otra vez. James era el único con el que podía contar. No soportaría que él también le diera la espalda.
—Contéstame, James. Por favor… solo contesta —Vanessa se mordió el labio hasta probar sangre—. No le hagas caso a mi padre, no hagas lo que ellos quieren. No me dejes.
La línea siguió en silencio.
Las lágrimas le cayeron con más fuerza. El cuerpo le temblaba de un dolor tan crudo que le desgarraba el pecho. Pero se negó a rendirse. Llamó otra vez. Y otra. Hasta que por fin… llegó un mensaje.
James: “Vanessa, no puedo contestar tus llamadas, mucho menos verte. Vi las noticias. Vi todo”.
Vanessa se quedó helada. El corazón le dio un vuelco. “¿Qué… qué quieres decir con que no puedes verme?” Tecleó una respuesta frenéticamente.
Vanessa: “James, te necesito ahora. ¿No entiendes? ¡Todos están en mi contra! Mi padre me abandonó, Daven me desechó. ¡Eres lo único que me queda! Por favor, ¡no me abandones tú también!”
La respuesta llegó segundos después.
James: “Espera. Solo un poco más. Iré a verte. Por favor, señorita Vanessa… solo resiste”.

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