Unas horas antes de que Vanessa y Daven hablaran por teléfono.
—Esto... esto no puede estar pasando —susurró Vanessa con la voz temblorosa. Sus ojos se negaban a apartarse de la pantalla donde Daven aparecía de pie, y sus palabras le zumbaban en los oídos como un enjambre implacable. Sin embargo, en el fondo lo sabía: él no mentía.
Su esposo había solicitado el divorcio. En público. En una transmisión en vivo. Y peor aún: había expuesto la razón ante todos.
—No —murmuró, negando con la cabeza despacio—. Esto no puede pasar. Lo que sea que Daven haya dicho, puede retractarse. Yo puedo arreglarlo. No voy a dejar que se divorcie de mí.
Pero Vanessa pasó por alto una realidad muy cruda: seguía rodeada de un enjambre de reporteros que no dejaban de presionarla para obtener una declaración.
—¿Es cierto que ha tenido una aventura con James, su asistente personal?
—Señorita Vanessa, ¿qué hay de las fotos que circulan en internet? Se ven auténticas, ¿las va a negar?
—La han acusado de haberle robado a Daven de su matrimonio con Althea. ¿Qué responde a eso?
—El señor Callister acaba de anunciar que solicita el divorcio. ¿De verdad la está dejando?
—¿Cuál es su respuesta a la petición de divorcio que presentó el señor Daven?
—Si las pruebas de su aventura son legítimas, ¿no significa que su matrimonio lleva roto mucho tiempo? Un comentario, señorita Vanessa.
Las preguntas le llovían de todas direcciones. Micrófonos y cámaras se acercaban cada vez más. Los flashes le estallaban en la cara y las voces de los reporteros se superponían en un coro caótico.
Vanessa enderezó la postura y forzó una sonrisa burlona aunque la cara le temblaba.
—¡Nada de eso es cierto! No crean la basura que vieron en esa pantalla. Todo esto es obra de Althea, esa mujer de poca clase que tiene envidia de mi vida. —Alzó la voz, cortante y presa del pánico, aunque intentaba disimularlo con arrogancia.
No. No podía perder. No iba a permitir que la humillación de ese día quedara en pie. Vanessa iba a contraatacar, sobre todo contra Althea. Si esa mujer no hubiera aparecido en primer lugar, ella no estaría en este lío. Casi todas las preguntas que le lanzaban eran de reproche, nunca de apoyo, a pesar de todos los rumores que había sembrado antes para manchar la imagen de Althea.
—¿Entonces dice que todas las pruebas son falsas? —insistió un reportero.
—¡Sí! ¡Falsas! —gritó Vanessa—. ¡Ella quiere destruirme! ¿Qué clase de mujer creen que soy? ¿Una tan cruel como para destrozar el matrimonio de otra persona?

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