Vanessa se quedó helada; no por las palabras de James, sino porque...
—¿Papá?
Ambos voltearon hacia la voz. Theo Blake estaba de pie en el umbral. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba ahí, pero la expresión en sus ojos, abiertos de par en par, atónitos y llenos de incredulidad, le dijo que había escuchado y entendido cada palabra de su conversación.
—¿Desde cuándo... estás ahí parado? —Vanessa intentó mantener la voz firme, rogándose a sí misma no sonar nerviosa ni alterada.
—¿Eso es lo que me preguntas? —Theo avanzó a grandes pasos.
—Buenas tardes, señor Theo...
¡PLAF!
El sonido retumbó en el aire. Theo le había dado a James una bofetada tan fuerte que trastabilló hacia atrás y apenas logró sostenerse del sofá. Pero Theo no había terminado. Cambió el bastón, que normalmente era su apoyo, y lo convirtió en un arma, y lo descargó sobre James sin vacilar.
Los golpes cayeron rápido, alimentados por una furia pura y desenfrenada.
—¡Cómo te atreves! —rugió Theo con la voz temblando de rabia.
Vanessa miraba en estado de shock. Quizá había despreciado las palabras de James momentos antes, pero eso no significaba que pudiera quedarse de brazos cruzados viéndolo recibir una paliza. Se lanzó hacia adelante y sujetó el brazo de su padre a mitad de un golpe.
—¡Papá, basta! —suplicó, aferrándose a su muñeca—. ¡Por favor, para!
—¡Quítate de en medio! —le espetó Theo, apartándole la mano de un empujón—. ¡No te atrevas a intervenir!
—¡Pero, papá...!
El gruñido de Theo fue grave y amenazante. James ya estaba desplomado en el suelo, quejándose; el bastón le había golpeado las piernas, la espalda, tal vez incluso la sien, a pesar de sus intentos de cubrirse el rostro con los brazos.
—¡Lárgate antes de que cambie de opinión! —ladró Theo.
Vanessa corrió hacia James y se agachó para ayudarlo a levantarse. Con el pulso acelerado, recorría con la mirada sus moretones.
—Estás herido, James.
—Estoy bien, señorita —murmuró James con voz débil—. Lamento... lo que dije antes.
Negó con la cabeza.
—Deberías irte. Ve al hospital a que te atiendan.
—¿Y tú? —La preocupación de James se dirigió a ella al instante. No le importaban sus propias heridas, solo lo que ella podría enfrentar a solas ahora que Theo había escuchado todo—. Esto es mi culpa. Nunca debí...
—Vete —dijo Vanessa con firmeza—. Puedo manejar a mi padre.
—Pero, señorita Va...
—Por favor. —Se le suavizó la voz y la mirada se le volvió suplicante—. No me hagas sufrir viéndote herido, James.
¿Cómo se suponía que James no se enamorara de ella? Bajo esa fachada serena y cautelosa, el corazón de Vanessa era bondadoso; un corazón de ángel que lo hacía ir tras ella, en busca de un amor que sabía que tal vez nunca le pertenecería.
Y estaba bien así.
Para James, si podía permanecer a su lado, era suficiente.
—Llámame de inmediato si necesitas ayuda.
Vanessa asintió sin discutir.
—¿Qué haces todavía ahí parado? ¡Fuera! —le ladró Theo a James; la paciencia se le había agotado y no dejaba de pensar en lo que su hija había estado haciendo a sus espaldas.
En cuanto James salió del departamento, Theo apuntó la punta del bastón hacia Vanessa.
—Dime exactamente qué quiso decir tu maldito asistente, Vanessa.
—Papá. —Intentó mantener un tono calmado, contener la furia de él—. No es nada que tú...

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