—Josh se quedó dormido. Creo que se agotó de tanto jugar con Emma y mis primos —dijo Chase con una amplia sonrisa mientras cerraba con cuidado la puerta de la habitación de Josh.
—Sí. —Althea rio en voz baja y le entregó una taza de té caliente—. ¿Quieres sentarte un rato? Tu mamá trajo demasiada comida.
Chase tomó la taza y dejó que sus dedos rozaran los de ella. Sus miradas se encontraron, cálidas, prolongadas, y el momento hizo que Althea se sonrojara.
—¿No sería mejor si nos sentamos en el sofá?
—¿Por qué? —Chase todavía no le había soltado la mano—. Solo quiero estar cerca de ti.
Althea rio. Desde que había llegado a casa, el peso y la presión que cargaba encima habían empezado a aliviarse. Nunca imaginó que algo así pudiera pasar en su vida.
—Gracias —dijo Chase en voz baja, recorriendo con la mirada la suavidad en la expresión de ella, mucho más relajada que antes.
—La que debería decir eso soy yo. —Althea le apretó la mano con ternura—. Gracias, Chase.
Se sentaron juntos en el sofá, con apenas un centímetro de distancia entre ellos. La sala estaba iluminada con suavidad; solo una pequeña lámpara brillaba en la esquina, bañando el espacio con un tono cálido e íntimo. El aroma del té flotaba entre los dos, mezclándose con los ecos lejanos de risas y un silencio compartido, pleno de satisfacción.
Althea no había olvidado lo que pasó antes, cuando estuvo sentada frente a los Miller. Sobre todo cuando Riana Miller hizo la misma pregunta dos veces, como si necesitara escuchar la confirmación directamente de los labios de Althea.
—Sí, soy madre soltera de Joshua. No es que no quiera hablar de mi pasado, es solo que...
—Imagino que su pasado no fue fácil, señorita Grayson. ¿Me equivoco? —El tono de Riana se suavizó y sonó mucho más empático que antes.
El cambio dejó a Althea sin palabras por un momento.
—Hay ocasiones en las que una mujer no le debe a nadie los detalles de su pasado, sobre todo cuando ha decidido criar a su hijo sola, sin la ayuda de nadie.
Althea asintió despacio, sin saber aún a dónde iba la conversación.
—Tengo entendido que trabaja como maestra en la fundación que Chase administra —intervino Daniel Miller.
—Sí, señor Miller —respondió Althea con cautela—. Tengo que trabajar para mantenernos.
—Pero Josh parece muy apegado a ti, ¿no? —añadió Riana—. ¿No se siente solo mientras trabajas?
Esa clase de preguntas siempre venían con doble filo. Pero Althea no podía ignorarla, no cuando venía de la madre de Chase.
—Tiene razón —dijo con suavidad—. Diría que dependemos el uno del otro. Probablemente por eso somos tan cercanos. Y... de verdad hago todo lo que puedo para que Josh nunca se sienta solo. Hago mi mejor esfuerzo por dividir mi tiempo, aunque no siempre sea fácil.
—¿Eres... feliz?
La pregunta hizo que Althea mirara a Riana, sobresaltada. ¿Qué intentaba decir?
—Sí, soy feliz. Aunque he criado a Josh sola desde que nació. Nuestra vida es sencilla, pero es una vida feliz —respondió Althea con calma. Su tono no era defensivo, ni buscaba provocar lástima. Era la verdad, sin más.
Riana la observó durante un largo momento con una actitud indescifrable. De vez en cuando miraba a su esposo, pero con más frecuencia sus ojos se desviaban hacia Josh, observándolo con una mirada extraña, oscilante. Althea no podía evitar preguntarse qué pasaba por la mente de esa mujer.
Pensó que la conversación terminaría ahí, hasta que, varios minutos después, Riana se puso de pie y rodeó la mesa. Entonces, sin previo aviso, se acercó y abrazó a Althea con fuerza.

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