Como siempre, Chase fue el caballero perfecto: le acomodó la silla a Althea, se aseguró de que estuviera cómoda antes de dedicarle su atención a Josh. Con cuidado, ayudó al pequeño a acomodarse, para aliviar cualquier incomodidad en ese lugar desconocido, rodeado de extraños.
Durante la cena, la conversación fluyó, pero solo en la superficie. Charla cortés, nada más. Althea hizo lo posible por seguir el ritmo de los temas, ofreciendo sonrisas y respuestas cuando era necesario, mientras le echaba un vistazo a Josh de vez en cuando, por si su hijo estaba teniendo problemas para adaptarse.
¿El ambiente en la mesa? Incómodo. Rígido. Demasiado controlado.
¿Cómo se suponía que iba a manejar esto?
—Señorita Grayson. —Se escuchó una voz desde la cabecera de la mesa. Daniel Miller, el padre de Chase, habló una vez que todos habían comido lo suficiente como para que la conversación formal pareciera oportuna.
—¿Sí, señor Miller? —respondió, manteniendo un tono sereno.
—¿Cuánto tiempo hace que conoce a mi hijo?
La pregunta fue directa, sin preámbulos. No le dejó margen para esquivarla, ni tiempo para suavizar el momento. Pero antes de que pudiera responder, añadió:
—Y me han dicho... que tuvo un hijo antes de conocer a Chase. Ese sería Josh, supongo.
Su tono fue neutro, ni amable ni cruel, pero había un rastro de juicio detrás, sutil pero inconfundible, que le apretó el pecho a Althea.
—Sí, Josh es mi hijo —respondió, manteniendo la voz calmada—. Conozco a Chase como director de la escuela donde enseño desde hace casi tres años. Pero... solo en los últimos dos meses nos hemos acercado más, en lo personal, quiero decir.
—Ya veo. —La reacción del señor Miller fue tibia, en el mejor de los casos. Sin preguntas de seguimiento. Solo un leve asentimiento, como si la hubiera colocado en una casilla mental y hubiera pasado a otra cosa.
El resto de la cena transcurrió con el mínimo indispensable de interacción. Sin curiosidad genuina. Sin calidez. Los primos de Chase ofrecían sonrisas corteses de vez en cuando, pero en su mayoría mantenían la cabeza agachada, murmurando entre ellos. Uno de sus hermanos empujaba la comida por el plato sin interés y apenas la probaba.
Josh, que normalmente era parlanchín y rápido para hacer amigos, se mantuvo inusualmente callado. O se aferraba al brazo de Chase o miraba hacia Althea, buscando consuelo, como si no supiera a quién acudir en ese espacio desconocido.
Chase lo notó. Y le dolió.
No había esperado que su familia, sus propios padres y hermanos, reaccionaran así. Fríos. Indiferentes.
Era exasperante.
Antes de que pudiera intervenir para intentar rescatar la situación, el celular le vibró en el bolsillo. Bajó la mirada, vio quién llamaba y su expresión cambió.

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