"¡Porque no tuvo valor!" Exclamó Arlet y con esas palabras, Pilar finalmente se convenció y dejó de disputar.
Arlet recogió sus cosas, se levantó y antes de irse dejó una frase: "Su hijo se arruinó por su codicia."
Al cerrarse la puerta, Pilar comenzó a destrozar todo a su paso, pues su hijo era su punto débil.
Arlet, sosteniendo el objeto que había buscado con tanto esfuerzo, sabía que si hubiera estado en manos de Camilo, él habría conocido su origen, pero no lo había registrado, solo lo guardaba en su corazón.
Para resolver el misterio, tendría que empezar por esa pieza de ágata de fuego.
Una vez en casa, Arlet buscó en internet información sobre la ágata de fuego por mucho tiempo, pero solo encontró datos inútiles, nada valioso.
Acostada en su cama y sosteniendo la ágata a contra luz, podía ver claramente las venas que parecían sangre infiltrada en la piedra, como si fuera parte de su esencia.
¿Estaría esa pieza relacionada con su propio origen?
¿Qué significaría la palabra grabada en esa piedra y qué relación tendría con su dueño?
Había demasiadas preguntas sin respuesta, acosando su mente sin que nadie pudiera resolverlas, al final, decidió guardar la piedra e irse a dormir.
Después de un rato, inquieta en su cama y sin poder dormirse, Arlet se sentó, abrió el cajón y sacó la ágata nuevamente, dándole vueltas en sus manos. Para entenderlo, tenía que comenzar por aquella pieza, por lo tanto, cogió su celular y llamó a Isabel, la cual contestó somnolienta: "¿Quién es?"
"Soy yo." Respondió Arlet e Isabel se sorprendió, y de repente se animó, diciendo: "Arlet, ¿por qué me llamas a estas horas? No me digas que quieres platicar nada más, porque te aviso que hoy sí necesito dormir para estar guapa."
Arlet ignoró su divagación y le preguntó directamente: "¿Conoces a alguien experto en ágatas?"
"¿Ágatas?" Cuestionó Isabel mientras se frotaba los ojos y luego añadió: "Sí, tengo un pariente que colecciona ágatas, especialmente las Ágatas de Encaje y otros tipos raros, sabe mucho del tema."


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