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El Heredero Me Mintió Durante Tres Años romance Capítulo 12

La respuesta era evidente, pero ella quería escucharla de su propia boca.

El hombre apretó los labios. La miró, pero no respondió.

—Y mucho menos pensaste en tener hijos conmigo, en formar nuestra propia familia, ¿cierto?

Él siguió en silencio.

Dina se derrumbó, con los ojos enrojecidos.

—Di algo...

—Lo siento, la verdad es que no —dijo él por fin.

Esas simples palabras le atravesaron el corazón como mil puñales.

Dina se quedó ahí parada, rodeada de una inmensa soledad. El viento alborotó los mechones sueltos de su cabello; sentía que estaba a punto de desmayarse.

El celular del hombre sonó. Él frunció el ceño al contestar, y tras colgar, le indicó con total frialdad:

—Ve a la casa y espérame; hablaremos más tarde.

Sin más, dio media vuelta y se marchó, seguido de sus guardaespaldas.

Viendo el Maybach desaparecer al final de la avenida, Dina permaneció de pie por mucho tiempo. Sentía el corazón hecho añicos; dolía tanto que quería morirse.

Esa noche, Dina lloró hasta quedarse sin lágrimas.

Una vez más, la habían abandonado.

La familia que tanto había anhelado se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.

Todos esos momentos de su relación que ella atesoraba, para él no habían sido más que un juego para matar el aburrimiento.

Terminar era fácil.

Pero...

Dina se tocó el vientre.

¿Qué iba a pasar con su bebé?

***

Dina durmió profundamente toda la mañana.

Al día siguiente, cerca de la una de la tarde, despertó aturdida.

La tarjeta bancaria que el hombre le había dado seguía en la mesa del comedor. Las sobras de comida fría parecían recordarle que lo que él le había dicho durante la cena de ayer no había sido una pesadilla.

No tenía apetito. Se dio una ducha para tratar de despejarse.

Se quedó sentada sola en el sofá durante un buen rato.

Matías le había dicho que lo esperara en casa, pero no regresó en toda la noche.

Miró fijamente la puerta, completamente entumecida, y luego le mandó varios mensajes, pero no hubo respuesta a ninguno de ellos.

Desesperada, Dina perdió la cordura y empezó a llamarlo sin parar.

Al principio, nadie contestaba.

Después, él simplemente le colgaba.

Dina se sintió estúpida y demasiado ingenua. Si él había pronunciado la palabra «terminar» con tanta calma, ¿por qué habría de importarle ella?

«Hablaremos más tarde en casa».

No era más que una excusa barata para quitársela de encima.

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