Dentro del enorme salón, el hombre llevaba el mismo traje que solía usar. Pero bajo el resplandor de los candelabros de cristal, lucía mil veces más poderoso e imponente.
Se veía ridículamente superior al hombre que solía sentarse en su humilde departamento rentado.
Tenía una expresión relajada y refinada. Con una ligera sonrisa, platicaba cómodamente con la persona a su lado.
A su lado estaba un hombre maduro con anteojos, que definitivamente tenía pinta de ser un funcionario importante.
Y la deslumbrante mujer que había visto en la entrada de su unidad, estaba sentada al otro lado, sirviendo las bebidas con una elegancia y distinción dignas de la realeza.
Dina se congeló en el umbral de la puerta. Su mente colapsó por completo.
En ese momento, la mujer al lado de Mateo cruzó miradas con ella.
Los ojos de ambas se encontraron. Isabel se quedó paralizada por un microsegundo, pero de inmediato se levantó y tomó a Dina del brazo, intentando sacarla de la habitación.
—Señorita Dina, ¿le importaría salir un momento conmigo?
Dina no se movió ni un milímetro. Sus ojos seguían clavados en Mateo. Su mirada era tan intensa y dolorosa, que todos los presentes en la sala terminaron girándose para ver qué ocurría.
Y, por supuesto, Mateo también volteó.
El hombre pareció desconcertado. Claramente no esperaba encontrarla ahí.
Pero cuando Dina vio cómo fruncía el ceño con fastidio y desdén, sintió que le atravesaban el corazón con un cuchillo de cocina.
Isabel bajó la voz al máximo: —Señorita Dina, esta cena es vital para... para Mateo. Se lo suplico, no haga un escándalo sobre sus problemas personales aquí frente a todos. Al menos no hoy.
Isabel estuvo a un segundo de revelar su verdadero nombre.
—Dina... —Sofía, sin entender qué pasaba, se acercó a ella—. ¿Qué ocurre?
El importante funcionario en la mesa se dirigió a Mateo: —Joven Matías, ¿acaso conoce a la mesera?
¿Joven Matías?
Al escuchar ese título, Dina frunció el ceño en un gesto de confusión total.
—No la conozco.
Esas tres simples pero crueles palabras arrojaron a Dina al abismo de la desesperación.
El impacto fue tan grande, que después de eso, Dina ni siquiera recordó cómo el gerente las había arrastrado a ambas fuera de la suite.
***
En la oficina del gerente.


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