Ella clavó sus ojos en los de él.
Rezando para que no pronunciara las palabras que más temía escuchar.
Pero el hombre, con esa frialdad de siempre, soltó sin inmutarse: —A decir verdad, un poco.
Dina sintió que la habitación le daba vueltas.
Por una fracción de segundo, un destello de culpa cruzó la mirada de Mateo, pero continuó: —Pero esa no es la razón principal. Es por mi trabajo. Por eso ya no podemos estar juntos.
—Puedo irme contigo al extranjero —ofreció Dina en un tono desesperado.
Sonaba patética, y lo sabía.
Pero habían sido tres años.
Ella le había entregado por completo su vida. A sus ojos, él ya era su familia.
No podía aceptar que todo terminara así.
Y de forma tan repentina.
Él lo había meditado bastante. Pensó en decírselo de forma gradual, pero como ya sabía que la relación no tenía futuro, concluyó que lo mejor era cortarlo de raíz.
Para él.
Y para ella.
Era lo más sano.
Por eso, tras pensarlo racionalmente.
Decidió ser lo más directo posible.
A su parecer, darle una excelente compensación económica y hablarlo con calma, era la manera más civilizada de terminar las cosas.
Creía que Dina lo aceptaría sin problemas.
Después de todo, ella siempre había sido una mujer comprensiva y sensata.
Pero verla ahí, pálida, con los ojos llenos de lágrimas y sin poder asimilar la situación, lo hizo sentir que las cosas se estaban saliendo de control.
—Perdón, sé que es repentino. Pero ya me conoces, nunca hago ni digo nada sin pensarlo a fondo. He evaluado la situación, y lo nuestro no da para más. Por eso prefiero ser honesto; ser directo es lo mejor para los dos.
—O sea que te aburriste, ¿verdad?
Dina no se tragaba ese discurso tan pulido.


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