La mirada de Dina Cordero se volvió de hielo.
—El que tiene la mente sucia, todo lo ve sucio.
Gerardo la recorrió de arriba abajo y torció los labios en una sonrisa cínica.
—Niñita, la verdad es que yo tampoco estoy nada mal económicamente. Ese Mercedes es mío. ¿Por qué no te vienes conmigo y ya? Alguien como Matías... decir que es el intocable de la ciudad Parmila no es una exageración. Tú, mejor ni te hagas ilusiones. En vez de soñar despierta, mejor...
El tipo tenía una mirada maliciosa y su voz se volvió cada vez más asquerosa.
Mientras hablaba, se acercó a ella.
Dina retrocedió.
—¡Estás enfermo! No me toques, lárgate.
—Dormir es dormir, sin importar con quién. ¿Qué tiene de malo probar conmigo? —dijo Gerardo.
Dina sintió asco. Se dio la vuelta para irse, pero Gerardo le agarró la mano y bajó la voz junto a ella.
—Saliste a trabajar esta noche y no ganaste ni un peso, qué lástima. ¿Qué tal si te doy mil dólares por una noche?
—¡Suéltame!
Dina forcejeó, pero Gerardo la sujetó con más fuerza.
—¡No te hagas la santa! —Gerardo había sido rechazado por varias mujeres últimamente y, para colmo, su jefe acababa de regañarlo, así que estaba lleno de resentimiento.
Dina no quería discutir con alguien así, solo quería evitar problemas. Luchó con todas sus fuerzas para soltarse de su asquerosa mano, pero no pudo liberarse.
—Suéltala.
Una voz sumamente helada cortó el aire.
Gerardo abrió la boca, listo para maldecir a quien se atreviera a interrumpir su momento.
Pero cuando vio de quién se trataba, los insultos se le atascaron en la garganta.
Su actitud arrogante se desmoronó en un instante.
Solo quedó asombro y pánico.
Porque, a unos pasos de distancia, estaba parado el mismo hombre al que acababa de llamar el intocable de la capital: Matías.
El hombre era altísimo. Llevaba un traje oscuro de un corte impecable; el saco descansaba casualmente sobre su brazo. Aunque su postura parecía relajada, sus ojos cortaban como cuchillos y emanaba un aura intimidante.
—Matías... —Gerardo le dedicó una sonrisa servil.
Matías Hurtado miró la muñeca de Dina, que seguía apresada, y su mirada se volvió aún más gélida.
—Suéltala. ¿No me entiendes?
Solo entonces Gerardo se dio cuenta.
Lo que esta trabajadora temporal había dicho hace un momento probablemente era verdad.
Matías y ella sí se conocían.
Dina por fin se liberó. Se frotó la muñeca adolorida y miró al hombre frente a ella, que ahora le parecía un completo extraño.
Matías frunció el ceño e hizo una seña a uno de los hombres que lo acompañaban, que tenía pinta de guardaespaldas.
El tipo fornido se acercó con rostro sombrío, agarró a Gerardo por el cuello y lo arrastró hacia el estacionamiento.
—Gerente, ya que no puede controlar esas manos, ¿qué le parece si se las corto?

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