La noche cayó por completo.
A medida que el cielo se oscurecía, las inmensas fogatas que ardían en la playa brillaban con más fuerza, volviéndose cada vez más deslumbrantes.
La brisa marina soplaba suavemente, moviendo el cabello de Kiara y el dobladillo de su pareo. El delicado encaje blanco bajo la luz del fuego parecía una vía láctea fluyendo sobre ella.
El resplandor de la fogata iluminaba el rostro de Kiara.
Creaba un juego de sombras perfecto sobre sus rasgos deslumbrantes, como si fuera la obra maestra más exquisita de un escultor de renombre.
Mientras Néstor la guiaba en el baile, sus ojos no se apartaron de ella ni por un instante.
No sabía si era por sus nuevos anteojos.
Pero la Kiara que bailaba junto a él lucía aún más hermosa y cautivadora, como una flor radiante que desprendía una fragancia capaz de embriagar el corazón.
Aunque desde la primera vez que la vio pensó que era una mujer atractiva.
No era el tipo de belleza que lo hiciera suspirar.
Pero en ese preciso momento...
Néstor la miraba fijamente y sentía que el corazón le latía cada vez más rápido.
¿Acaso era por el cambio de entorno y la situación?
¿O por su manera de vestir?
Casi por instinto, Néstor bajó la mirada para detallar el traje de baño de Kiara.
El bikini blanco inmaculado daba una sensación visual sumamente pulcra.
Sin decoraciones excesivas ni diseños complicados; simple, limpio, lo cual lograba resaltar la elegancia innata de Kiara.
El pareo de encaje translúcido era el toque final, dejando que el bikini blanco debajo se asomara de forma tentadora.
Sin poder evitarlo, la mirada de Néstor siguió descendiendo, posándose en la cintura de Kiara.
La longitud de ese pareo de encaje daba muchísimo espacio a la imaginación.
—¡Ejem!
De repente, escuchó a Kiara aclararse la garganta.
Néstor levantó la vista y se cruzó con los ojos de Kiara.
La mirada de Kiara era muy fácil de interpretar...

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