Recibir una llamada de su padre justo después de haber peleado con Agustín le dio a Kiara un mal presentimiento.
—¿Bueno? Papá…
—¿Vas para El Patio de Copas?
La voz de Raimundo al otro lado de la línea sonaba grave y molesta.
—Papá, ¿me pusiste un rastreador o qué?
—¡Te he dicho mil veces que dejes de juntarte con esa Cristina!
Cristina había andado en malos pasos durante un tiempo; aunque ya se había enderezado, Raimundo seguía sin aprobarla.
—Ven ahora mismo a Villa La Jacaranda.
Tras decir eso, Raimundo le colgó.
A Kiara no le quedó más remedio que avisarle a Cristina que iría a su bar en otra ocasión.
Cuarenta minutos después, llegó al fraccionamiento Villa La Jacaranda.
—Señorita, bienvenida.
Jacobo le abrió la puerta a Kiara y le hizo una señal con los ojos.
Kiara captó el mensaje de inmediato y asomó la cabeza hacia la sala.
En la sala, Agustín, Bianca y Rosario estaban sentados haciéndole compañía a Raimundo.
Con razón su padre sabía que iba hacia El Patio de Copas.
Resulta que Agustín había ido con el chisme.
Siempre que estaba de mal humor o después de discutir con Agustín, solía ir a El Patio de Copas para distraerse.
Una costumbre que Agustín conocía perfectamente.
Kiara se acercó y notó que no habían dejado ni un solo espacio libre en el sofá para ella.
Raimundo llevaba puesto un traje nuevo de paquete. Además, sostenía entre las manos un colgante tallado en esmeralda colombiana que Kiara jamás había visto.
—Hija, sé que tú y Agustín se pelearon… —dijo Raimundo, mientras le daba unas palmaditas en el hombro a Agustín.
—En esto, Agustín tuvo la culpa. Sin embargo, trajo a Bianca y a Rosario para admitir su error. Me compró este traje nuevo y la esmeralda como disculpa, e incluso se ofreció a recibir un castigo…
—Para ser el hombre de la casa, hacer todo esto demuestra mucha sinceridad. La familia Pascual y la familia Galindo han sido amigas por generaciones. Ustedes están casados, y entre marido y mujer no hay pleito que dure cien años. ¡Ya perdónalo!
Tras escuchar el sermón de Raimundo, Kiara soltó una carcajada de pura rabia.
—Gracias, suegro. Sabía que usted es un hombre de lo más razonable.
Bianca también se levantó para llenar a Raimundo de halagos, empujando a Rosario hacia él de manera deliberada.
Rosario era una niña pequeña, con el rostro redondito y una apariencia sumamente adorable.
—Qué bueno es don Raimundo. A Rosario le encanta don Raimundo.
Escucharla llamarlo de esa manera tan dulce le derritió el corazón a Raimundo.
Raimundo la tomó en brazos de inmediato.
—Tenía que ser la hija de Sergio, es una niña muy educada. Agustín, Kiara y tú tienen que aplicarse más. ¡A ver para cuándo me dan un nieto!
—Por supuesto que sí.
Mientras Agustín asentía, miró de reojo a Kiara.
Kiara se mantenía inexpresiva, pero en su mirada había un repudio que él jamás le había visto.
Sin saber exactamente por qué, Agustín sintió un pinchazo de pánico.
Kiara observó cómo Raimundo convivía felizmente con esa pequeña familia de tres y no pudo evitar reírse para sus adentros con amargura.

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