—Ya, Rosario, no llores. ¡Cómo crees que tu tío no te va a querer!
Mientras la abrazaba, Agustín le lanzó una mirada de reproche a Kiara.-
—Kiara, pensé que no te ibas a poner en un plan tan irracional... Mira lo triste que está Rosario, está chiquita. ¿No te da lástima?
Antes de que Kiara pudiera responder, Bianca se puso de pie.
—Agustín, no presiones a tu esposa, la culpa es mía y de Rosario. ¡Rosario, pídele perdón a tu tía ahorita mismo!
Con ese regaño, la niña empezó a llorar todavía más fuerte.
Agustín soltó un suspiro, mirándola con evidente cansancio y decepción.
—Kiara, ya hice el trámite del registro y el domicilio, así que el asunto está decidido. Voy a acompañar a Bianca y a Rosario a la salida.
Tras la partida de los tres, la habitación volvió a quedar en silencio.
Kiara se llevó una mano a la mejilla y sintió sus dedos helados humedecerse.
Ni siquiera se había dado cuenta de en qué momento empezó a llorar.
Apretó los dientes.
¡No valía la pena derramar lágrimas por una basura como él!
Sacó su celular y le mandó un WhatsApp al abogado Rivas para preguntarle cómo iba lo de los papeles del divorcio.
Como la familia Pascual tenía muchísimos negocios, la división de bienes iba a ser compleja. El abogado le contestó que tardaría unos días más.
Pero Kiara no aguantó más y le marcó directamente.
—¡Quiero dejar a Agustín en la calle, sin un solo peso!
Cinco días después, Cristina llegó al hospital a visitarla con los papeles del divorcio que el abogado Rivas había redactado.
Era su mejor amiga y había tomado un vuelo solo para verla.
—Como se nota que eres mi mejor amiga, sabes exactamente qué regalito quería recibir.
Kiara sonrió mientras tomaba el grueso fajo de documentos.
—Quién lo diría, el cabrón de Agustín resultó ser una tremenda porquería —soltó Cristina.
Tras escuchar que él había modificado el registro domiciliario y la tutela sin permiso, Cristina se pasó cuarenta minutos seguidos soltando puras mentadas de madre.
—Oye, Kiara, ¿y a poco te vas a quedar callada con eso?
Kiara se encogió de hombros.
—Me voy a divorciar de él. Me da igual si se registra en la misma casa que ella o quien sea, a mí me vale madres.
—¿Entonces qué te importa? —preguntó Cristina.
—Me importa... la pulsera que Agustín le regaló a Bianca.
Al escuchar esto, Cristina por fin se fijó en la joya que llevaba su amiga en la muñeca.
—Oye, ya tienes los papeles listos, pero el abogado me advirtió que no va a ser nada fácil dejarlo en la ruina. Aunque lo lleves a juicio, es casi imposible evitar que se quede con algo... ¿Qué vas a hacer? —preguntó Cristina.
Kiara deslizó los dedos suavemente sobre las letras frías del documento.
—Por eso le voy a dar un pequeño obsequio... en el momento más adecuado.
—¡Te está viendo la cara de pendeja con su otra familia y tú todavía te quieres esperar!
Cristina casi le escupe en la cara del coraje.
Y tenía toda la razón.
Pero Kiara necesitaba aguardar el momento exacto.
Un momento para arruinar por completo la reputación de Agustín.
—Agustín se la ha pasado súper preocupado porque no sabe si su nueva empresa saldrá a bolsa...
Al escuchar eso, a Cristina se le iluminó el rostro.
—¿Quieres arruinarle la salida a bolsa?
—No...
Kiara negó con la cabeza rotundamente y esbozó una pequeña sonrisa.
—Al contrario. Haré todo lo posible para ayudarlo a que lo logre.

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