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El Arquitecto De Mi Refugio (Vanessa y Rafael) romance Capítulo 1259

Al ver la camilla cubierta con una sábana blanca, Vanessa se quedó paralizada. Sintió que se le helaba la sangre y que se le iban todas las fuerzas. Trastabilló y tuvo que apoyarse en la pared para no caerse. Respiraba tan agitada que casi se ahogaba. Miraba fijamente aquel blanco que le hería la vista, sin que le saliera ni un sonido de la garganta. Juana, que venía detrás de ella, se puso pálida del susto y se apresuró a sostenerla.

—Señora, no me asuste así. No es, seguro que no es el señor Cisneros...

Vanessa no respondió. Avanzó hacia la camilla paso a paso, como una autómata. Cada paso le pesaba como plomo. No se atrevía a estirar la mano ni a levantar la sábana. Le temblaban los dedos sin control y ni siquiera tenía fuerzas para alzar el brazo. Con los ojos llenos de lágrimas y el cuerpo tembloroso, seguía sin atreverse a levantar la sábana por miedo a encontrarse con una cara conocida, la de la persona que más amaba.

Solo cuando escuchó una voz a sus espaldas, Vanessa volvió en sí.

—Vanessa.

Al escuchar esa voz conocida, se estremeció y se dio la vuelta enseguida. Rafael tenía el pecho medio descubierto y una venda en el hombro, debajo de la clavícula. Sergio lo sostenía. Con solo ver a Rafael, a Vanessa se le llenaron los ojos de lágrimas.

—¡Rafael!

Vanessa casi se le echó encima, con la voz temblorosa y quebrada.

—No contestabas el teléfono, en las noticias dijeron que esta noche murió mucha gente, y eso de hace un momento...

Estaba tan asustada que ya no podía hilar las palabras.

—¡Casi me matas del susto!

A Vanessa se le escaparon las lágrimas, y le temblaban los labios y la voz. Todo el miedo que había contenido la invadió entera, y las lágrimas le rodaron sin aviso y le cayeron, ardientes, sobre el dorso de la mano.

De aquella mujer orgullosa, deslumbrante y fuerte ya no quedaba nada. Rafael la miró con angustia. Dio un paso adelante, se soltó de Sergio, que lo sostenía, le sujetó la nuca a Vanessa y la estrechó entre sus brazos.

—Perdóname por haberte preocupado —dijo, con una ternura que no lograba ocultar.

Solo al sentir su calor, Vanessa se convenció de que todo era real. Estaba bien. Estaba bien. Había tenido miedo durante todo el camino, y solo en ese momento pudo relajarse. Respiró hondo varias veces y enseguida se calmó.

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