Entrar Via

DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 60

CAPÍTULO 60. El Dios del Antiguo Testamento

La doctora los miró azorada, pero Renzo no tenía tiempo para explicaciones.

—Respuesta corta: sí, las tratan como animales, y exactamente como a animales les ponen chips de rastreo. Usted intente ver donde los tienen y trate de quitárselos. Nosotros… —Renzo miró su reloj, pero se dio cuenta de que no necesitaban resistir tanto tiempo—. No hay problema, solo son catorce.

El sacerdote se acercó de inmediato a Eyra, con la resolución reflejada en el rostro, y le indicó que se llevara a las niñas al sótano para mantenerlas a salvo.

—Doctora, ocúpese de ellas. No deje que nada ni nadie se acerque —le pidió, con una voz cargada de autoridad.

Eyra no esperó una segunda orden. Comenzó a guiar a las niñas con calma hacia la entrada del sótano, hablándoles en voz baja y asegurándoles que estarían a salvo. Sin embargo, al mirar hacia Moon, el sacerdote quedó inmóvil por un instante. Iba a decirle que bajara también, pero para ese momento ella ya estaba preparando sus armas con la mayor tranquilidad.

Sus ojos relampagueaban, decidida a enfrentarse a quien fuera necesario, así que no valía gastar saliva en decirle que fuera a esconderse.

—Padre, usted también puede ir abajo —le dijo Renzo con voz calmada—. Le agradecemos sinceramente el asilo para las niñas, pero no necesita llenarse las manos de sangre, porque eso es exactamente lo que va a pasar aquí.

Por un segundo el padre Abraham cerró los ojos, y para cuando los abrió, la resolución en su mirada parecía inesperada y terrible.

—Voy a proteger este lugar. Esas niñas han pasado por un infierno, no voy a permitir que vuelvan a ponerles una mano encima —afirmó con una frialdad que hizo que Renzo y Moon se miraran sin decir nada.

El italiano preparó sus armas y le dio un beso a Moon en los labios.

—Ya sabes lo que tienes que hacer. Esto no es nada nuevo para nosotros.

Ella asintió, con una mirada que era puro fuego, y ambos tomaron posiciones estratégicas cerca de las ventanas y puertas principales. Moon, con sus sentidos completamente alerta, escuchó el crujido del suelo y los pasos ligeros de los posibles intrusos que se acercaban. No dijo nada, y en su lugar, intercambió una mirada silenciosa con Renzo, en la que se encontraba toda la confianza que se tenían el uno en el otro.

Por unos instantes, la iglesia quedó sumida en un silencio tenso, hasta que Renzo vio al padre Abraham acercarse a una de las preciosas esculturas del salón y tomar las espadas cortas que adornaban el cinturón de un arcángel sin siquiera titubear.

Nuestro precio es solo 1/4 del de otros proveedores

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo