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DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo romance Capítulo 50

CAPITULO 50. Contención

Moon estaba de pie, la piel de sus muñecas rozaba el frío metal de los grilletes que la mantenían atada a la pared, y era extraño que le gustara su peso aunque sabía que estaban abiertos. Solo tenía que apretar una de las gemas para liberarse, pero resultaba que al final Renzo siempre tenía razón y ella no quería escapar.

Su respiración era entrecortada y su cuerpo entero palpitaba con una anticipación que parecía crecer con cada segundo que él permanecía en silencio, observándola, explorando cada uno de sus gestos y reacciones mientras subía aquellas cadenas cortas y las anclaba solo un poco por encima de su cabeza.

—Estás bien —susurró él y aquello, extrañamente no era una pregunta, como si fuera la declaración de un hecho que ella no podía ver.

Los ojos de Moon buscaron los suyos, intentando descifrar la mezcla de suavidad y dominio en su mirada. Quería que la tocara, pero a la vez temía el torrente de emociones que se desbordaría con el primer roce de sus manos. Él lo sabía. Y ella también.

—Respira —murmuró Renzo—. No hay nadie más aquí.

Moon tragó aquel nudo en su garganta mientras trataba de controlar el temblor que le recorría el cuerpo.

—No puedo… —susurró ella, en voz tan baja que casi fue inaudible.

—Sí puedes —replicó él—. Solo tienes que confiar en mí.

Lentamente llevó una mano hasta su mejilla, acariciándola con la yema de sus dedos antes de deslizarla hasta su cuello, donde sintió el pulso acelerado bajo su piel. Ella cerró los ojos, dejando que el calor de su tacto se expandiera por su cuerpo como un incendio.

—Mírame —le ordenó Renzo y ella abrió los ojos, encontrándose con su mirada intensa, penetrante—. Ya no queda nada más aquí. Esto es mío —dijo mientras una de sus manos rozaba los grilletes—. Y todo lo demás también. Nadie más puede tocarte. Nadie más puede lastimarte. Nadie más puede tenerte. Solo yo.

Moon lo vio sonreír levemente, con un destello de satisfacción y control en su expresión. Sabía lo que ella sentía, ese caos que bullía en su interior, esa intensidad que la hacía querer llevarse todo por delante y desmoronarse luego… Pero él no iba a permitir que hiciera eso.

La boca de Renzo impactó contra la suya con un beso urgente y feroz, y Moon ni siquiera se sobresaltó cuando escuchó el clic de aquella navaja desplegándose. Algo es su pecho se sentía como si tuviera demasiado aire, como si estuviera a punto de estallar, y quizás la forma en que él le cortaba la ropa para desnudarla fuera la metáfora perfecta para liberar aquella desesperación.

—¿Cómo te llamas? —lo escuchó gruñir contra la piel suave de sus pecho y gritó al sentir la mordida coqueta y dolorosa sobre uno de sus pezones.

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