DIÁVOLO II. CAPÍTULO 21. El trato se mantiene
—Adriano... —jadeó Eyra, arqueando la espalda cuando él bajó ligeramente el ritmo, pero se movió más profundo, arrancándole un gemido que parecía salir directamente de su alma.
Él sonrió contra su piel, esa sonrisa arrogante y encantadora que siempre parecía tener el control.
—Dime lo que quieres, Eyra... —susurró, dejando que su lengua trazara un camino lento y tortuoso por el contorno de su garganta.
—A ti —respondió sin dudar, con la voz rota por el placer mientras sus caderas se levantaban para encontrarse con las suyas—. Siempre a ti.
Adriano dejó escapar un gruñido gutural, como si esas palabras lo hubieran encendido aún más.
—Entonces ven… —siseó, y sin darle tiempo a responder, comenzó a moverse de nuevo, esta vez con una intensidad que bordeaba lo salvaje.
Eyra no pudo contenerse más; sus uñas se clavaron en la espalda de Adriano, dejando marcas rojas mientras su cuerpo respondía a cada una de sus embestidas. Desesperada por más, inclinó la cabeza hacia adelante y mordió su hombro, con un gesto que parecía mezclar dolor con deseo en partes iguales.
—Eso es, nena... grita para mí —gruñó Adriano mientras sus manos se cerraban como garras sobre sus caderas y aumentaba el ritmo. Sus movimientos eran tan feroces, tan profundos, que Eyra apenas podía distinguir dónde terminaba él y comenzaba ella.
—Adriano... ¡por favor! —gritó Eyra, aunque ni siquiera sabía lo que estaba pidiendo. Su cuerpo estaba completamente fuera de control, atrapado en un torbellino de sensaciones que la llevaban al borde del abismo una y otra vez.
—Parece que eres perfecta para mí... —murmuró.
Eyra no pudo responder, atrapada en la intensidad de aquel sexo desesperado, pero sus manos se movieron instintivamente hacia su rostro, sosteniéndolo mientras le devolvía el beso con una pasión igual de feroz.
La presión en su interior aumentaba con cada segundo que pasaba, cada embestida llevándola más cerca de un clímax que prometía ser devastador. Adriano parecía saberlo, porque sus manos comenzaron a vagar de nuevo por su cuerpo, acariciando sus muslos, sus pechos, todo lo que podía alcanzar.
—Déjame oírte gritar, Eyra... —murmuró contra su oído, y esas palabras fueron todo lo que necesitó para desmoronarse por completo.
El clímax llegó como una tormenta violenta, arrancándole un grito que resonó en toda la habitación. Su cuerpo se tensó debajo de él, temblando mientras las oleadas de placer la atravesaban una tras otra. Cada músculo de su cuerpo se contrajo mientras el mundo a su alrededor desaparecía, dejando solo a Adriano y la intensidad de lo que compartían.
Adriano la siguió poco después, hundiéndose profundamente en ella mientras soltaba un largo y ronco gruñido de placer. Su cuerpo se estremeció contra el de Eyra mientras se vaciaba por completo, y durante un instante, ambos quedaron atrapados en aquel éxtasis compartido, con sus respiraciones mezclándose mientras intentaban volver a la realidad.
Adriano se derrumbó a su lado y la arrastró hacia su cuerpo mientras el calor los envolvía como una manta invisible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: DIÁVOLO. Una esclava para el monstruo