Cuando Leire regresó a su departamento en el viejo barrio, ya era muy tarde en la noche.
Se quedó en la estrecha entrada, mirando un par de pantuflas grises de hombre, ya desgastadas, que estaban a sus pies.-
Eran de su Joel; las suelas aún conservaban las marcas de agua que quedaron cuando ella trapeó esa mañana.
En el lavabo había dos vasos de plástico para los cepillos de dientes, uno azul y otro rosa, juntos. En la mesa de noche estaba la rasuradora que le compró con tanto esfuerzo. En el perchero colgaba su chamarra vieja...
Cada detalle le recordaba que un hombre llamado Joel había vivido ahí.
Pero ella y su Joel jamás volverían a ser los mismos.
De pronto, vibró el celular.
Leire lo sacó de forma mecánica y vio un mensaje de Joel Ibarra.
—Tengo que atender a unos clientes importantes esta noche, puede que no vuelva. Duérmete, mañana te explico todo.
¿Atender clientes?
¿O atender a Mónica Solís?
¿O acaso a la heredera de la familia Ortega con la que estaba a punto de comprometerse?
Aunque ella misma había descubierto sus mentiras, él seguía engañándola como si nada pasara.
Leire se frotó los ojos irritados y solo respondió una frase.
—Terminamos.
...
A la mañana siguiente, Leire salió a trabajar como de costumbre.
Sin embargo, la bofetada de la realidad llegó más rápido y más fuerte de lo que esperaba.
En la mañana, el dueño de la farmacia naturista le prohibió la entrada y le dijo que no volviera.
Al mediodía, el dueño del puesto de comida le pagó lo que le debía y la despidió.
En la tarde, cuando llegó a la oficina, Lucía, la supervisora de limpieza, la tachó de la lista de turnos.
En un solo día, había perdido sus tres trabajos.
Leire no pudo aguantar más y agarró del brazo a la supervisora.
—Lucía, dime la verdad, ¿alguien me está haciendo la vida imposible?
Lucía miró a su alrededor y bajó la voz:
—Leire, no puedo hacer nada, nos dieron la orden. Dicen que anoche ofendiste al joven Ibarra, y el rumor ya corrió por todas partes. Quien te contrate se estaría ganando de enemiga a la familia Ibarra. Nosotros somos una empresa pequeña, no podemos arriesgarnos.
Dicho eso, se fue a toda prisa, como temiendo que Leire la contagiara de mala suerte.
Leire se quedó de pie frente al edificio, temblando de frío.
Joel Ibarra no solo le había mentido y le había sido infiel, sino que ahora ni siquiera la dejaba ganarse la vida.
Leire apretó los dientes, buscó el número que tenía guardado como favorito y lo marcó.
Sonó varias veces, hasta que se cortó por falta de respuesta.
Respiró profundo y volvió a llamar.
Hasta la quinta vez, alguien finalmente contestó.
—Joel, el dinero que te transferí antier...
—Señorita, ¿acaso no se va a rendir?
La voz en el celular no era de su Joel, sino de un hombre joven que le hablaba con total fastidio y desprecio.
—Ya que sabe quién es el señor Ibarra, debería tener un poco de dignidad y dejar de ser una molestia. ¡El señor Ibarra está cenando en un restaurante francés con la señorita Solís, no tiene tiempo para mujeres trepadoras como usted!
—No lo estoy acosando, solo quiero recuperar mi dinero —gritó Leire por el celular, con la voz temblorosa—. ¡Es el dinero para salvarle la vida a mi madre! ¡Dile que me lo devuelva!
Pero el hombre no la escuchó y le colgó directamente.
Leire se quedó en medio del ruido de la intersección. La multitud pasaba, pero ella ya no podía escuchar nada.
Jamás se imaginó que el hombre al que había alimentado, amado y protegido con su propia vida durante cinco años, terminaría siendo el puñal más venenoso clavado en su corazón.
A los veinte años, cuando estaba recolectando hierbas en la montaña, encontró a Joel Ibarra moribundo y ensangrentado. Lo cargó hasta su casa y pasó tres días sin dormir para arrebatarlo de la muerte.
Cuando despertó y dijo que no recordaba nada, ella le creyó.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Destruí al hombre que salvé