Leire sentía cómo se le tensaba la espalda con esa mirada, y sus manos ya estaban sudadas.
Finalmente, Raimundo apartó la vista y volvió a tomar la cuchara con sus largos dedos.
—Te daré tres días. Si en ese tiempo tu desempeño no me parece adecuado, haces tus maletas y te largas.
Su voz seguía siendo glacial, pero Leire sintió que la habían indultado.
—¡Muchas gracias, señor Quiroga! Le aseguro que haré un excelente trabajo.
Asintió y en su rostro al fin regresó un poco de luz.
Raimundo no le hizo más caso y siguió comiendo.
Para ser sincero, él detestaba los problemas y los dramas ajenos.
Pero no podía negar que esa comida casera y ligera le había caído de maravilla.
Por sus problemas de estómago, siempre comía por obligación, pero hoy de verdad había disfrutado la comida.
Se terminó casi todo.
Dejó la cuchara, se levantó y le echó una mirada desde arriba antes de irse al gimnasio de la casa.
Hasta que el hombre desapareció por el pasillo, Leire al fin soltó todo el aire.
Se dejó caer en la silla y se dio cuenta de que tenía toda la espalda cubierta de sudor frío.
La presión era increíble.
Hasta respirar al lado de él requería valor.
Sin tiempo que perder, terminó de desayunar y se puso a limpiar la cocina.
Entendía perfectamente su situación.
Ya no tenía marcha atrás; debía darlo todo.
Para conservar ese trabajo y ese pago, debía demostrar que era alguien indispensable.
El dicho rezaba que al hombre se le conquistaba por el estómago.
Ella no quería conquistar a su marido de mentira; solo quería aferrarse a su trabajo con uñas y dientes.
Revisó el refrigerador y decidió que en la tarde prepararía un caldo de pollo y hierbas.
Sacó un par de hierbas digestivas, las lavó y las usó de relleno.
Puso la olla a fuego lento y no tardó en inundar la casa de un aroma muy apetitoso.
Era la mezcla perfecta de lo natural y lo casero, sin ser empalagosa.
Tras comer, Raimundo pasó a la sala un instante y de ahí se metió al gimnasio.
Leire limpió la cocina y miró la puerta del gimnasio con determinación.
No podía quedarse con los brazos cruzados.
El asistente le había dicho que no debía entrar a esas áreas.
Pero ella estaba en su "periodo de prueba"; debía tomar la iniciativa.
Sirvió un vaso con agua fresca, agarró una toalla limpia y se quedó parada junto a la puerta.
Pasaron casi dos horas, y a Leire le dolían las piernas.
Se masajeó las rodillas hasta que no pudo más y se agachó.
Llevaba el pelo medio suelto, y con esos mechones cayéndole sobre las mejillas daba una imagen lastimera.
Clic.
La puerta se abrió sin previo aviso.
Leire se asustó y quiso levantarse rápido.
Pero por moverse tan brusco, un repentino mareo provocado por la hipoglucemia se apoderó de ella, nublándole la vista y haciendo que su cuerpo cayera hacia el frente sin poder evitarlo.

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