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Destruí al hombre que salvé romance Capítulo 9

El aire en el ambiente se sintió pesado por un momento.

A Leire le ardieron las orejas por la vergüenza al recibir la mirada de aquel hombre.

—Por favor, no me malinterprete —se apresuró a explicar—. No terminé con él para aceptar este trabajo. Yo terminé con él y luego me enteré de que usted estaba buscando un matrimonio por contrato.

—¿Me cree?

Leire lo miró, tensa.

Apenas era su primer día y no quería que el jefe creyera que era una interesada que había mandado a su ex al diablo por dinero.

Raimundo se mantuvo impasible. Sostuvo la cuchara blanca con sus largos dedos y removió el plato.

—Sigue —le ordenó, tajante.

—¿Qué? —Leire se quedó desconcertada.

Raimundo frunció el ceño. Una sombra de impaciencia cruzó por su fría mirada; parecía molestarle que alguien no acatara sus órdenes.

—Reproduce el mensaje. Sigue.

Su tono no era elevado, pero llevaba una firmeza que no admitía réplica.

Leire tragó saliva con el corazón en la garganta.

Ella conocía perfectamente cómo era Noelia.

Solo podía rezar para que su amiga no dijera nada peor.

Haciendo de tripas corazón, volvió a reproducir el audio.

—...¡Y ya está saliendo con otra! ¡Ni siquiera esperó! ¡Me muero del coraje! Fui a decirle en su cara que te iba a contar que estaba aquí con otra mujer, ¿y adivina qué me contestó ese infeliz?

—¡Dijo que está trabajando y que eres tú la que no quiere creerle! Además, dijo que ya se cansó de tener que explicarte todo.

—En cuanto me di la vuelta, escuché que la tipa le preguntaba por qué te había dicho que estaba trabajando si en realidad era una cita de ellos dos. Leire, apoyo por completo que lo mandes al diablo. Resulta cierto eso de que los hombres guapos siempre salen infieles.

Al terminar el audio, el silencio fue tal que solo se oía la respiración de ambos.

Bzz.

Otra vibración. Había llegado un segundo mensaje de voz.

Leire miró instintivamente al hombre de enfrente.

—No me gusta que la gente que trabaja para mí tenga vidas amorosas complicadas —dijo recargándose en la silla, con el semblante más gélido que nunca—. Puedes irte.

Leire entró en pánico y se puso de pie de golpe.

—¡Señor Quiroga, espere por favor!

Lo miró a los ojos, pensando a la velocidad de la luz.

—Admito que todo esto ha sido una gran vergüenza. Pero ya corté de raíz con mi ex, y le juro que nadie va a afectar nuestro acuerdo. Usted necesita a alguien que no solo finja ser su esposa, sino que también lo asista.

—Yo conozco muy bien la medicina natural, puedo darle terapias para relajarlo y cocinar lo que usted necesite. A diferencia de esas mujeres superficiales de su círculo, yo sé que estoy aquí por el sueldo; no lo acosaré, no seré una molestia para usted y cumpliré mi palabra.

—En todo San Herminio no encontrará a nadie con un perfil como el mío y que le cueste tan poco dinero.

Leire enderezó la espalda, y en su rostro había solo firmeza y franqueza.

—Señor Quiroga, deme otra oportunidad. Le aseguro que no se repetirá.

Raimundo se mantuvo en silencio.

Sus fríos ojos oscuros observaron fijamente a la mujer por un largo rato.

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