—¡No vayas!
Apenas lo gritó, recordó que no estaba sola en la casa y bajó la voz:
—Ya no tenemos nada que ver el uno con el otro, no cometas una locura. Y no se consiguió a ninguna mujer rica, él es de una familia multimillonaria.
Leire soltó una carcajada irónica.
El heredero de la familia Ibarra no necesitaba a ninguna mujer rica para escalar.
Noelia venía desde abajo igual que ella; habían crecido juntas.
Le había costado mucho esfuerzo conseguir ese buen trabajo en ese exclusivo restaurante en San Herminio; Leire no podía permitir que, por su culpa, su amiga ofendiera a Joel Ibarra.
Mucho menos dejar que ese hombre hiciera que la despidieran con una sola palabra.
Del otro lado, Noelia estaba completamente confundida.
—Oye, Leire, explícame bien. ¿Cómo que es un multimillonario? Yo pensé que no tenía ni un peso...
Justo cuando iba a seguir preguntando...
Clic.
A espaldas de Leire, se escuchó el sonido de una puerta al abrirse.
Se tensó de inmediato y le dijo al celular en voz baja:
—Luego te cuento todo. Voy a colgar.
Cortó la llamada y se dio la vuelta.
Raimundo Quiroga estaba de pie en la entrada de la habitación principal.
Llevaba un conjunto holgado para estar en casa, hecho de seda gris. Tenía los primeros botones desabrochados, lo que dejaba a la vista sus clavículas.
Era alto, de hombros anchos y piernas largas. El cabello oscuro le caía sobre la frente, restándole un poco de dureza, pero sin ocultar la lejanía en su mirada.
Sus facciones eran marcadas; tenía las cejas pronunciadas, la nariz recta y los labios pálidos.
Lo que más destacaba eran sus ojos alargados; aunque no mostraban ninguna emoción, eran tan fríos que parecía que estaban detrás de un muro de hielo.
Cuando te miraba, daba la impresión de que no le importabas en lo absoluto.
Leire contuvo la respiración y apretó el celular.
—Perdone, ¿lo desperté? —dijo con cierta pena—. La próxima vez contestaré mis llamadas en mi cuarto.
Raimundo no dijo nada, simplemente le lanzó una mirada fría y caminó hacia el comedor.
Su estatura de un metro con noventa era intimidante; al pasar junto a ella, Leire instintivamente se hizo a un lado.
Raimundo se detuvo junto a la mesa y se fijó en la comida servida.
En la olla había una sopa de avena caliente, cuyo suave aroma llenaba el ambiente.
En la foto, Joel Ibarra, con su impecable traje elegante, estaba en una de las mesas más privadas del restaurante.
A su lado estaba Mónica Solís, la mujer a la que le había derramado el café la noche anterior.
Mónica Solís sonreía radiante y, recargada sobre él, le estaba diciendo algo.
Mientras, Joel giraba un poco la cara hacia ella con una media sonrisa en los labios.
Tierno y paciente, exactamente de la misma forma en la que solía mirarla a ella.
Los dedos de Leire se paralizaron por un segundo, pero ya no sentía esa puñalada de los días anteriores.
Solo le parecía patético.
Iba a pedirle a la aplicación que transcribiera el mensaje, pero por error le dio presionar play y el audio se reprodujo a todo volumen en la cocina.
—Ese infeliz, acaban de terminar y ya...
La furiosa voz de Noelia retumbó en todo el lugar.
Leire palideció y lo detuvo de inmediato, presa del pánico.
Pero esa frase ya había resonado en los oídos de Raimundo.
Él levantó la vista lentamente y le clavó una mirada fría, juzgándola.

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