Alana se quedó congelada, desviando la mirada por puro instinto.
Elena puso una expresión de complicidad; sabía la verdad pero no iba a juzgarla. Esbozó una sonrisa amable.
—Haga de cuenta que no le pregunté nada. Bienvenida a la familia Lozano, llámeme si necesita cualquier cosa.
Y sin más, se dio la vuelta y salió.
Cuando la puerta se cerró, Alana se dejó caer al borde de la cama, soltando el aire que había estado reteniendo.
Sacó los dos documentos de su bolso. Para obtener esa acta de divorcio, había tenido que aceptar esa acta de matrimonio.
Le parecía una locura total, pero no tenía otra salida.
Si no fuera por Caleb, y si era verdad que Lisandro se quedaría en Oricalco durante medio año, ella habría quedado a la deriva.
Al mismo tiempo.
Al otro lado del mundo, en Oricalco.
Lisandro regresó a su mansión después de trabajar. Se dejó caer en el sofá y sacó su celular.
La conversación fijada en la pantalla no tenía mensajes nuevos, solo aquel recordatorio de hace unos días para ir al registro civil.
Ayer, su secretario César le había mencionado que la señora había preguntado por su paradero.
Seguramente, al enterarse de que estaba fuera del país, había decidido dejar de buscarlo y esperar pacientemente a que volviera para continuar con el divorcio.
Al pensar en eso, la mirada de Lisandro se oscureció, y una sonrisa casi imperceptible asomó en la comisura de sus labios.
—Lisandro.
Yara bajaba corriendo las escaleras, llamándolo con una voz llena de entusiasmo y una sonrisa resplandeciente.
Él se levantó a recibirla.
—Se te nota de muy buen humor.
Ella se colgó de su brazo y lo miró con una sonrisa cargada de intención.
—Acabo de hablar por teléfono con tu mamá, claro que estoy feliz. Me pidió que te cuide mucho, que te recuerde tomar tus medicinas y que te abrigues bien las piernas.
Lisandro asintió.
—Estuve muy ocupado hoy y no pude llamarte. ¿Cómo te fue con tus antiguas compañeras?
—Todas me dijeron que me veo mucho mejor que en esos años. —Yara suspiró—. En esa época estaba tan preocupada por ti que no me importaba la escuela. Si mis guardaespaldas no me hubieran confiscado el pasaporte, me habría escapado para ir a verte cientos de veces. Me desmayé varias veces por no comer, y tuvieron que llevarme a la enfermería; mis amigas estaban aterradas.


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