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Ciega por tu Mentira romance Capítulo 254

—¿Qué pasó?

A Hugo le palpitaban las sienes. Titubeó:

—Jefe, le quiero contar algo, pero antes tiene que prometerme que no se va a enojar conmigo.

¿Haciéndose el misterioso?

Seguro había metido la pata otra vez.

Con el rostro endurecido, Mauro le exigió:

—Habla.

Hugo balbuceó, sin saber cómo decirlo:

—Es que... hace un momento, la señorita Solano me transfirió un dinero y me pidió que se lo pasara a usted a modo de pago.

Mauro lo dedujo al instante: era el dinero del té.

Como él no había querido aceptarlo, se había dado la maña de utilizar a Hugo.

El tono de Mauro se volvió sombrío:

—No me digas que lo agarraste.

A Hugo le daba mucho sentimiento la injusticia.

—¡Jefe, le juro que la señorita Solano fue muy astuta! Al principio no me dijo que era dinero para usted; solo me soltó que le hiciera un favor y que iba a necesitar esa lana. Y luego me chantajeó diciendo que, si no lo aceptaba, iba a buscar a alguien más. ¡Yo ni la pensé! Solo quería echarle la mano y hacer el paro, ¿cómo iba a saber que el favor era cobrarle la cuenta a usted?

Si lo hubiera sabido desde el inicio, ni loco aceptaba ese billete.

Hugo se estaba muriendo de arrepentimiento. ¡La señorita Solano jugaba rudo con su psicología!

Mauro tenía una cara de mil demonios; la tensión a su alrededor era sofocante.

¿Tanto deseaba pintar su raya y marcar distancia?

¿Acaso le caía tan mal desde el fondo de su corazón?

Inhaló profundamente.

—Ve a averiguar qué hace en Clarosol.

«¡Ah, así que la señorita Solano anda por acá otra vez!», pensó Hugo. «¿Será que se la acaba de topar?».

Hugo se cuadró:

—A la orden, ahorita mismo le investigo el dato. Pero, ¿y qué hago con los ciento veinte mil pesos?

La respuesta de Mauro fue gélida:

—Arréglatelas tú mismo.

Al entrar, Pablo, apoyado en su bastón, los recibió calurosamente:

—¡Pero si es Fri! Ven para acá, siéntate a mi lado para poder verte bien.

Mauro era el hijo menor de Pablo, quien lo había tenido ya en una edad avanzada. Así que, a pesar de que Frida le decía «abuelo Pablo» desde niña, por cuestión de jerarquía familiar, Mauro venía siendo prácticamente como de una generación superior.

Frida siempre se había echado a la bolsa a las personas mayores. Con una enorme sonrisa, se acomodó junto a él.

—Abuelo Pablo, mírese nomás, sigue estando igual de joven. Está más fuerte y sano que mi propio abuelo.

A esa edad, era la clase de halagos que más disfrutaban. Pablo no cabía de la emoción.

—Nuestra Fri sabe muy bien cómo chulearme.

Ella mantuvo su sonrisa radiante.

—Abuelo Pablo, si yo puro decir la verdad. Por cierto, le traje un regalito. Tuve que ir a un montón de tiendas para poder conseguir este té de acá.

La felicidad de Pablo seguía a tope.

—Lo que sea que venga de tus manos, me encanta. Tienes que quedarte a comer; ya le dije a la cocina que te preparen tus favoritos. Nos llegó langosta y centollo fresco por avión en la mañana.

Sabiendo cómo consentir al anciano, Frida puso voz mimada.

—¿Ya vio? Usted es el que más me conciente, abuelo Pablo. No como Mau, que nomás me molesta.

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