Mauro la miró extrañado, sin recordar para nada a qué se refería.
Frida parpadeó con insistencia.
—¿Ya se te olvidó?
Mauro honestamente no tenía ni idea.
—No me acuerdo.
Frida no quitó el dedo del renglón y siguió caminando a su lado.
—Andábamos jugando a la casita y ustedes tres se estaban peleando para ver con quién me casaba. Yo escogí a Leonardo y tú te super enojaste. Hasta gritaste que cuando creciéramos ibas a hacer que yo fuera tu esposa de verdad.
Era una simple broma de niños que Mauro ya había borrado de su mente.
Lo que sí recordaba era a Leonardo, el muchacho guapo con el que habían crecido.
De los cuatro, Mauro era el menor. Frida, que le seguía en edad hacia arriba, le llevaba seis años.
Al crecer, Frida y Leonardo se hicieron pareja. Por desgracia, días antes de la boda, Leonardo murió en un trágico accidente de tráfico.
Por miedo a que los recuerdos la destrozaran, Frida no fue capaz de afrontar la muerte de Leonardo y decidió irse de México. Estuvo fuera por cinco años y apenas había regresado al país unos días atrás.
Al mencionarse a Leonardo, Mauro la miró con cierta preocupación.
Frida soltó una carcajada.
—¿Qué pasa?
Mauro no quiso meterse en el tema.
—Nada. Vámonos ya.
Frida lo molestó en tono de burla.
—¿De verdad pretendes que vaya a ver a tu papá, don Pablo Díaz, con las manos vacías? ¿Se te olvida que el té que escogí se lo regalaste a otra chava para quedar bien?
Mauro metió las manos a los bolsillos, con la mirada perdida en la distancia.
Al rato, contestó con frialdad:
—A mi papá no le importan esas formalidades.
—Pues a mí sí. Pablo no se fijará, pero yo no voy a llegar siendo una maleducada. Tengo cinco años sin ir a visitarlo, no puedo llegar con las manos vacías. No me importa, vas a tener que acompañarme a buscar otro detalle.
Al no poder con su terquedad, a Mauro no le quedó de otra que seguirle el juego.
Por otro lado, Amanda subió al carro.
Con el rabillo del ojo vio el empaque del té sobre el asiento del copiloto. Algo que costaba más de cien mil pesos; a Amanda le daba mucha pena aprovecharse de él de esa manera.
Dándole vueltas al asunto, se orilló en la calle y abrió el chat de Hugo.
Le hizo la transferencia de dinero directamente.
Hugo le respondió al instante con tres signos de interrogación.
Amanda le mandó un mensaje:
—Señorita Solano, ¡no manche! ¡Esto es una trampa mortal!
Amanda respondió:
[Tampoco exageres.]
Hugo le suplicó:
—¡Claro que sí! Es súper extremo. Señorita Solano, por favor, no me meta en este rollo. Ahorita mismito le regreso su dinero. Si quiere pagarle al jefe, hágalo en persona, ¡no me use de intermediario!
Dicho y hecho, el dinero volvió intacto a su cuenta.
Sin embargo, Amanda se negó a aceptarlo, dejando a Hugo al borde de un colapso.
«Eso ya no está en tus manos, amigo», pensó Amanda.
Por último, le mandó un mensajito:
[Hugo, te la debo. Estaré eternamente agradecida.]
Hugo se dejó caer en su silla con ganas de llorar.
¡Madre mía! ¿Solo servía como carne de cañón?
Sin perder tiempo, llamó rápidamente a Mauro.
En ese momento, Mauro estaba de escolta mientras Frida escogía otro regalo. Estaba sentado aburriéndose en el área de descanso cuando le entró la llamada de Hugo.

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