El chico, que se llamaba Ian, nunca se esperó que Cecilia lo cortara de manera tan tajante frente a todos.
Creía que el altercado anterior ya había quedado en el olvido, total, solo estaba bromeando.
Jamás imaginó que ella no solo se lo tomaría en serio, sino que le guardaría rencor. ¡Si hasta las otras chavas habían aceptado brindar! ¿Por qué tenía que ser ella la única amargada? ¡Eso era un claro insulto a su ego!
—Qué sangrona te viste, neta —la sonrisa de Ian desapareció por completo—. Solo era un juego, no sé por qué te pones así.
En el fondo, él era un tipo un poco machista; detestaba la idea de que Cecilia fuera inmensamente superior a todos los demás en lo académico.
Lo de llamarla la genio no era más que una burla. ¿De verdad se creía tocada por los dioses?
Cecilia lo miró con fastidio.
—Ya dije que no tomo, y ahora tampoco quiero té. Esa cara que pones, Ian... ¿acaso vas a pegarme?
Su tono despreocupado y frío estuvo a punto de colmarle la paciencia a Ian.
Al notarlo, Elías se puso de pie a toda prisa.
—¡Ian!
—Estamos aquí como estudiantes, no es buena idea ponernos a tomar —intervino el muchacho—. Si tú tienes ganas, dale, pero no quieras forzar a Cecilia, ni a ninguno de los demás.
Era evidente que, como representante de la clase, Elías estaba sacando la cara por ella.
Y por mucho coraje que le diera, Ian no tuvo más remedio que tragarse sus palabras.
Además, compartían cuarto. Él sabía muy bien que Elías provenía de una familia adinerada y que su papá era un médico de renombre; no quería buscarse problemas con él.
—Bueno, bueno... Si tú la vas a estar protegiendo de todo, ¿qué más puedo decir yo? —rezongó.
Después de eso, desistió por completo de forzar a las mujeres a beber y dejó de ir por las mesas. Se limitó a seguir tomando con los chicos que estaban a su lado.
Aún así, los murmullos no se hicieron esperar. Más de uno soltó bajito que él andaba de sobreprotector con Cecilia.
Cecilia optó por ignorarlos.
Al estar sentada en la misma mesa, Cecilia se percató de que ambas le lanzaban miradas de reojo. Y, aunque no lograba captar las palabras precisas, era obvio que hablaban de ella.
No le importó. Salvo por el campamento de integración, apenas conocía a sus compañeros, y en general no solía convivir con las demás muchachas.
Total, la gente siempre iba a hablar y ella no podía evitarlo.
Lo que sí le molestó fue que la cena resultara no ser tan buena. Terminó de comer muy rápido y, en cuanto los demás empezaron a levantarse de la mesa, anunció que se regresaba a su cuarto.
Algunos querían seguir la fiesta: unos proponían ir a un Escape Room, otros a juegos de mesa.
Incluso hubo quienes propusieron ir a cantar a un bar karaoke.
Solo Cecilia aclaró que no contaran con su presencia.
—Vayan ustedes, no dormí bien y me muero por ir a descansar.
Para rematar, Cecilia soltó un oportuno bostezo, evidenciando su verdadero agotamiento.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana