—Gracias.
Cecilia se acercó y se sentó sin darle más vueltas al asunto.
En ese momento, uno de los chicos soltó una carcajada burlona:
—¡Cecilia llegó tarde!
El que habló estaba sentado cerca de Carla y Regina; los tres se la habían pasado platicando muy animados. Al escucharlo pedirle a Cecilia que tomara, todos posaron sus miradas sobre ella. Algunos solo querían ver el chisme arder, mientras que otros sentían genuina curiosidad por saber cómo reaccionaría.
—¿Y quién dijo que llegué tarde?
Cecilia se acomodó en su silla y lo miró fijamente con total tranquilidad.
El chico se quedó descolocado ante la pregunta.
—Pues ya estamos todos aquí y te estábamos esperando... ¿A poco no es lo mismo que llegar tarde?
—Quedamos de vernos a las siete, y son las seis y cuarenta y cinco. Yo no estoy tarde, fueron ustedes los que llegaron temprano.
El estudiante se quedó sin palabras. Tardó unos segundos en balbucear una respuesta:
—Pero ya estamos todos, y estábamos esperándote... ¡Que se eche tres shots de Hidalgo para que se nivele!
—Sí, es para tanto —soltó Cecilia, clavándole la mirada—.
»Si tienes ganas de tomar, tómatelas tú. No tienes por qué usarme de excusa.
»Yo no hice nada malo, ¿por qué habría de castigarme? Si tanto te gusta eso de los castigos, ¿por qué no te tomas treinta tragos tú solito?
Al muchacho se le trabó la lengua ante tremenda respuesta.
—Ay, relájate, solo era una broma. ¿Ya te enojaste? —intentó excusarse.
Regina saltó en su defensa.
—Sí, Cecilia, ¡no manches! No hay necesidad de ser tan estricta. Todos somos compañeros.
Cecilia le dedicó una sonrisa llena de ironía.
En cambio, la otra mitad consideraba que su actitud estaba en su punto. Si ella no se había equivocado, no tenía que aguantarle a ese imbécil, que evidentemente solo buscaba intimidar a una de sus compañeras disfrazándolo de broma.
¿Qué era eso de los tragos de castigo? ¡Apenas eran estudiantes! ¿Qué tenía de malo no querer tomar alcohol? Y más para los que estudiaban medicina; mantenerse sobrios, en especial en áreas clínicas, era lo más inteligente.
Apenas empezaba la carrera y ese chavo ya andaba queriendo imponer la tonta cultura de las borracheras universitarias. ¡Había que cortarlo de raíz! Y, menos mal, ¡Cecilia no se dejó pisotear!
—¡A comer, a comer! —exclamó Martina, pasándole los cubiertos a Cecilia rápidamente.
Sin embargo, la comida a Cecilia no le supo a nada. Además de que no estaba tan buena, apenas y ubicaba a los de su clase.
Todo empeoró a la mitad de la cena, cuando al mismo chico de las bromitas se le ocurrió empezar a brindar de mesa en mesa. Las chicas, por pura cortesía o pena, aceptaron; algunas agarraron un poquito de cerveza, y otras prefirieron refresco o té. Cecilia se sirvió un té.
—¿Es en serio, Cecilia? ¿Tanto desprecio que no vas a darle ni un traguito a una bebida? —se burló él—. Ni que te estuviéramos obligando a tomar tequila. Échate una chelita y ya, no pasa nada.
Lejos de ceder, Cecilia dejó su taza sobre la mesa con un golpe seco.
—No tomo. Y si con un té no les parece, pues no brindo y punto.
No estaba dispuesta a humillarse por quedar bien con nadie.

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