—Oye, Cecilia, te pasas de asocial, ¿eh? —le espetó Carla.
A su parecer, la chava solo iba a amargarles la fiesta. Cada que proponían algo padre, ella siempre tenía que dar la contra.
—No te lo tomes a mal, pero yo siempre digo lo que pienso.
Regina intervino al instante, dándole un jaloncito a Carla por el codo:
—¡Carla, no le digas eso! La cerebrito no se rebaja con simples mortales de simples mortales, obvio no quiere rozarse con nosotros.
—Seguro y le aburrimos porque estamos tontos, ¿no?
Mientras Carla se limitaba a soltar todo directo, Regina sabía muy bien cómo tirar indirectas con sarcasmo.
Elías estaba a punto de meterse para defenderla, pero Martina se le adelantó:
—Carla, Regina, no digan eso.
—Por el amor de Dios, ¡miren la hora que es! Todos estamos molidos, es de lo más normal que algunos ya no quieran seguirla —declaró Martina—. Yo tampoco quiero seguir saliendo, ¿acaso eso también me vuelve una cerebrito?
»Si quieren divertirse, adelante, pero dejen de presionar a los demás.
Al ver la molestia de Martina, Teresa sintió la necesidad de salir a pacificar.
—Marti, no te enojes. Lo que pasa es que Carla y Regina se mueren de ganas de pasar más tiempo con Cecilia.
»Es obvio. Somos compañeras y muy pocas muchachas en el grupo.
»¿A poco no es normal querer que Cecilia se quede un rato más a convivir?
»Sé que no usaron las palabras correctas para expresarse, pero sus intenciones son buenas.
Cecilia lanzó una risita llena de ironía, mirando a Teresa.
—Ah, ¿sí? ¿Y qué tan buenas son sus intenciones?
El rostro de Teresa palideció al instante.
Jamás imaginó que aquella callada muchacha la iría a confrontar en ese momento.
Las otras dos se sintieron profundamente ofendidas.
—Teresa, deja de hablar con ella —le reclamó Regina—. ¿No le ves esa cara de repugnancia con la que nos mira?
»¡Si no quieres salir, pues no salgas, a ver quién te ruega!
Al ver que por fin mostraban los dientes, Cecilia dio por concluido el asunto y se marchó muy satisfecha.
Y aun si había algún riesgo real, el verdadero peligro tal vez no fuera para ella.
Cecilia sabía cómo defenderse; siempre cargaba con qué protegerse si alguien se pasaba de listo.
Si a alguien sin cerebro se le ocurría atravesarse en su camino, ella sola podría encargarse del asunto.
—¡Ya sé, pero me da miedo irme sola! Yéndome contigo agarro valor —admitió Martina, zafándose del asunto de forma descarada.
Ante esa respuesta, a Cecilia se le esfumaron las ganas de decir algo en su contra.
—Hace rato que saliste a defenderme ofendiste a tus compañeras, ¿no te asusta que te hagan la vida de cuadritos en el cuarto?
En la opinión de Cecilia, lo mejor era llevar la fiesta en paz en los dormitorios, porque si el ambiente se ponía pesado, los estudios también se veían afectados.
Martina enmudeció.
Por supuesto que deseaba llevarse bien con su cuarto. Cuando recién entraron y empezaron a tratarse, todas le parecieron bastante agradables.
Pero tras sobrevivir al campamento de bienvenida, se dio cuenta de que a Regina le encantaba sacar ventaja, a Carla no le giraba la ardilla antes de abrir la boca y, bueno, de Teresa no tenía mayores quejas.
Sin embargo, Teresa adoptaba siempre el papel de mediadora, metiéndose a resolver las diferencias de los demás a cada rato.
Y eso, a veces, dejaba a Martina en una posición tan incómoda de la que ya no podía zafarse.

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