—¡No manches! ¿Tan pesado estaba?
Las niñas fresas que siempre habían tenido todo a la mano no sabían nada de las verdaderas penurias de la vida.
—Y eso no era todo. Al regresar de la escuela tenía que ir a cortar hierba, luego picarla para dársela a los cerdos, y después hacer el trabajo del campo. Si el trigo estaba listo, a cosechar trigo; si el arroz estaba listo, a cosechar arroz...
Era imposible terminar de contar tanto trabajo pesado.
Las demás ni siquiera podían imaginarse de dónde sacaba tanto tiempo en el día.
—Comparada contigo, yo viví mi infancia como toda una princesa —dijo Macarena.
Aunque Cecilia había vivido momentos muy difíciles bajo el yugo de Ivana Vázquez de Ortiz, en comparación con Estella, le había ido mucho mejor.
La familia de Mireya era de clase media, sus padres tenían un pequeño negocio y a ella nunca le había faltado de comer.
Ninguna de las tres había experimentado las dificultades de Estella, y ahora la admiraban aún más.
A Estella le dio pena que la miraran así.
—La verdad no es para tanto, ya estaba acostumbrada.
—Ahora que estoy lejos de casa, que puedo estudiar y hacer lo que me gusta, me siento muy satisfecha.
—Para ustedes, el campamento es un suplicio, pero para mí es algo de todos los días.
En pocas palabras, ese era el ambiente natural de Estella.
Cecilia no supo qué más decir.
El campamento ya iba a la mitad, y muchos se habían adaptado al ritmo.
—En cuanto acabe este campamento me voy a ir directo a un spa, ¡estoy muerta! —Macarena no soportaba la idea de verse fea.
Al pensar en eso, miró a Cecilia: —Amiga, pasa el secreto para estar así de blanca.
Cecilia le explicó que era cuestión de cuidarse por dentro y por fuera; ambas cosas eran indispensables.
—Normalmente tomo agua con hierbas, y tanto el bloqueador como las cremas que uso los preparo yo misma.
Macarena: —... Órale, qué pro.
Pero hasta que no viera resultados seguros con su pomada para cicatrices, no se atrevía a usar más productos que no fueran de marca.
Si algo salía mal, se le arruinaría la cara completa.
Aunque, en esos días que había usado la pomada, sí sentía que las marcas de su rostro se iban desvaneciendo poco a poco.
Cecilia se quedó pasmada: —¿Cómo que se cayó de un árbol?
Al mencionar eso, a Fabián también se le notó el coraje en la cara: —¡Voy a llegar hasta las últimas consecuencias con esto!
En realidad, ya tenía claro lo que había pasado: unos alumnos, por no tener nada mejor que hacer, se robaron comida de la cafetería y la escondieron en la copa de un árbol para comérsela en la madrugada si les daba hambre.
¡Ante semejante tontería, no sabía ni qué decir!
—¡No hay tiempo de explicar más, vente conmigo ahorita!
Si Fabián lo decía así de apurado, Cecilia no podía dudar.
Su ratito de descanso se había esfumado por completo.
Las tres compañeras se quedaron extrañadas al ver que Cecilia se iba corriendo con el instructor jefe.
Macarena: —Escuché cada palabra que dijeron, pero sigo sin entender la mitad.
—Sonó como que el instructor quería que Ceci fuera a salvar a alguien... ¿Cómo supo que ella sabe de medicina?
Mireya estaba igual de confundida.
¿Acaso ahora investigaban los antecedentes de todos en el campamento, al punto de saber que Cecilia estudiaba eso?

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