—Si no escuché mal, el instructor jefe acaba de decir que los doctores de la base no saben qué hacer.
—¿Y apoco nuestra Ceci va a poder?
Macarena y Mireya empezaron a dudar si Cecilia de verdad era tan experta.
Pero Estella recordó cuando fueron a competir al extranjero y Cecilia salvó a una chica.
—Deberíamos confiar en Ceci. ¿Se acuerdan que también salvó a alguien en la entrada de la escuela? —les recordó Estella.
Con ese comentario, todas recordaron el incidente donde Cecilia le salvó la vida a alguien usando solo un cubierto.
—Cierto, ya se me había olvidado esa parte. Igual y es toda una máster escondida.
Macarena y Mireya asintieron al mismo tiempo.
Ojalá que de verdad pudiera ayudar.
Fabián llevó a Cecilia directo a la enfermería.
Ambos corrieron a toda velocidad.
El instructor iba por delante y Cecilia lo seguía de cerca; ambos iban al máximo de sus capacidades.
Los alumnos que andaban descansando dispersos por la cancha no entendían qué pasaba.
—¿Ese es el instructor jefe? Parece que una chava lo va correteando.
Como llevaba el uniforme del campamento, nadie reconoció a Cecilia.
Solo pensaron que la muchacha era muy atrevida por atreverse a perseguir al jefe de esa manera.
Cecilia llegó a la enfermería detrás de Fabián y al fin entendió qué era lo que él había omitido decir.
Ese alumno de verdad se había buscado su propia ruina.
Se había caído del árbol y, en efecto, se le encajó una rama, pero la herida estaba en un lugar muy particular: le atravesó un testículo.
Ahora cargaría con la pena de tener un solo huevo.
El muchacho lloraba a moco tendido.
Hasta a Cecilia le dio lástima escucharlo.
¡Nunca había oído a nadie llorar con tanto sentimiento!
—¡Doctor! ¿Mi testículo todavía tiene salvación? —preguntaba el chavo entre llanto.
El doctor ya estaba hasta el copete de escucharlo: —¡Quedó destrozado! ¿Cómo quieres que lo salve?
—¿Por qué no piensas en las consecuencias antes de hacer tus babosadas?
—Hasta parece mentira que hayas logrado entrar a la Universidad de Viento Claro. ¿Dónde dejaste el cerebro?
No solo era muy joven, sino que tampoco tenía mucha pinta de doctora.
Sin embargo, parecía adaptarse bastante bien a una escena tan sangrienta.
—No traigo mis agujas de oro. ¿Tienen aquí agujas de plata para acupuntura? —Cecilia fue directo al grano y miró al médico.
El doctor asintió: —Me llamo Hugo Villegas, puedes decirme Hugo o Doctor Villegas.
—Sí tengo un estuche de agujas de plata a la mano, ¿pero segura de que sabes lo que haces?
El Doctor Villegas tenía el ceño tan fruncido que parecía que iba a aplastar una mosca en la frente.
Cecilia le pidió que las sacara y dejara el drama: —Sea como sea, ¿tienen alguna otra opción?
La ambulancia para trasladarlo ya estaba lista.
Pero si no lograban pararle la sangre, ni siquiera podrían mover al herido.
El Doctor Villegas miró por instinto a Fabián.
Fabián le ordenó con frialdad: —¡Dáselas!
—Pero... —el Doctor Villegas seguía dudando.
—¡Yo asumo todas las consecuencias! —declaró Fabián con un tono firme.

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