Al lavarlos, era casi imposible que se arruinaran por usar fuerza bruta.
—Si resulta que el problema es de fábrica y le exiges que te los pague, no sería justo —le advirtió Cecilia a la chava.
La chava se apresuró a decir: —¡Yo jamás haría algo así!
Cecilia sonrió: —Qué bueno. Solo prefiero dejar las cosas claras desde el principio, espero que me entiendas.
Entonces, la chava dejó su nombre, su número de celular y el número de su cuarto, les tomó una foto a los tenis y se fue.
Ah, claro, y dejó la mitad del anticipo.
—Ahorita estaba súper nerviosa, nunca me imaginé que hubiera tanta gente que no quisiera lavar sus propios tenis.
Para Estella, el esfuerzo no era problema.
¡Lo que le sobraba era fuerza!
Con tal de juntar para sus gastos y su colegiatura, estaba más que dispuesta a hacer esa chambita.
No le costaba trabajo y ganaba bien.
Quién sabe cómo, pero después llegaron bastantes personas buscando a Estella para que les lavara los zapatos.
Pero la chica que se había peleado con Macarena antes se enteró, y en su afán por acusar a Macarena, terminó arrastrando a Estella también.
En realidad, lo que hacía Estella no era nada del otro mundo.
Pero tratándose del campamento de entrenamiento para novatos, obviamente se fomentaba hacer las cosas por sí mismos; arreglar las pertenencias era obligatorio de aprender.
En el ejército nadie te iba a lavar las botas.
En tiempos de guerra, si ni siquiera sabías limpiar tu calzado, ¿para qué servías?
Fabián Carrasco declaró públicamente en una asamblea que ya no se permitiría pagar a los compañeros para que lavaran los zapatos.
Y Estella ya no pudo seguir con su negocio.
Los que no querían lavar sus zapatos se quejaron amargamente.
A Estella también le dio lástima.
En ese corto tiempo ya había ganado varios cientos de pesos.
Ambas parecían completamente inmunes a los estragos del campamento.
Estella ya era morena de por sí, así que el sol de la base no le afectaba tanto.
Pero Cecilia era muy blanca, ¿cómo era posible que no se hubiera quemado?
En cambio, Mireya y ella se habían comprado un montón de bloqueador solar, y ahora estaban más quemadas que un pan tostado.
Sobre todo, las marcas de sol en los brazos eran demasiado evidentes.
—El campamento solo evalúa la resistencia física. Yo hago ejercicio desde niña, por eso no se me hace difícil —explicó Cecilia.
Al hacer ejercicio desde pequeña, y tomando en cuenta que no era un entrenamiento militar real ni tan exagerado, para ella no representaba ningún problema.
En cuanto a Estella, se rascó la cabeza apenada: —¿Apoco está muy pesado el campamento? Nos levantamos y ya hay comida, luego solo es estar paradas o hacer algunas dinámicas; para mí, esto es muchísimo más relajado que mi vida de antes.
—¿Y cómo era tu vida de antes?
Macarena sintió curiosidad.
Estella: —Antes, en invierno, me tenía que levantar a las cinco de la mañana a preparar la comida de los cerdos; en verano a las cuatro, y además preparaba el desayuno para toda mi familia.

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