Cecilia se quedó muda ante tal comentario: —¡Tampoco exageres!
¡Qué dramática!
Ojalá al rato Macarena pudiera pasarse el bocado.
Mireya se aguantó las ganas: —Bueno, ya qué. Mejor se las damos a la princesita, si le da hambre no va a tener qué comer.
En cuanto llegaron y vieron a Macarena, Mireya sacó sus papitas como si fueran contrabando: —Me dijeron que no habías comido, ¡así que te traje esto!
Macarena tenía los ojos rojos y un arañazo en el cachete.
No le sacaron sangre, pero se veía a leguas.
Traía el cabello hecho un desastre; era evidente que acababa de echar pleito.
Cuando las mujeres se peleaban, normalmente eran puros jalones de pelo y rasguños, casi nunca llegaba a los trancazos limpios.
El daño físico no era mucho, pero el orgullo quedaba por los suelos.
Macarena estaba hecha un mar de lágrimas.
La belleza abría muchas puertas. Al ser tan bonita, desde chiquita la habían tratado entre algodones.
Claro que también había gente que le tenía envidia por su físico y por el dinero de su familia.
Pero precisamente porque sabían quién era, nadie se había atrevido a ponerle una mano encima.
Esta era la primera vez que terminaba agarrándose a golpes con una compañera.
—¡Ay, gracias! —Macarena de verdad estaba conmovida.
Agarró la botana, y cuando vio que eran unas papitas con chile, dudó un poco: —¿Segura que esto se puede comer?
Lo primero que contestó Mireya fue: —¡Pues las tenía escondidas en mis calcetines, pero están nuevecitos, te lo juro!
Cecilia se llevó la mano a la frente. «¿Quién te preguntó eso?».
Macarena puso cara de no dar crédito a lo que oía: —¿Qué dijiste?
Mireya se tapó la boca. ¡Híjole, ya la había regado!
Pero al ver la cara interrogante de Macarena, no le quedó de otra más que soltar la sopa: —Los calcetines están nuevos, los compré nada más para esconder la botana. Ni te apures, te prometo que te las puedes comer sin bronca. ¿No que traías un hambre bárbara? Pues órale.
Aunque, fijándose bien, se notaba que estaba comiendo mucho más rápido de lo normal.
—A ver, platíquenme, ¿cómo estuvo el rollo?
Cecilia les preguntó a Macarena y a Estella.
Por los mensajes no se entendía bien, pero ahora que estaban frente a frente, Macarena no pudo evitar quejarse.
—Lo único que quería era que Estella me echara la mano para que no me pusieran falta. No quería meter en problemas a mis roomies, ¡y terminaron diciendo que yo la traía de chacha!
—Le dijeron que era mi criada, ¡por favor, quién se va a aguantar un comentario así!
—Y mira nada más el arañazo que me dio. Yo digo que agarró vuelo por coraje y pura envidia porque estoy bien guapa.
Los ojazos de Macarena, a punto de llorar otra vez, miraron a Cecilia.
Cecilia, a pesar de ser mujer, no pudo evitar sentir lástima.
Se quedó mirando la marca en la mejilla de Macarena; sí, la verdad es que se veía pobrecita.
Quién iba a decir que le tocaría lidiar con una compañera que, en lugar de achicarse, le saldría tan brava.

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