Macarena, que no sabía ni doblar una sábana, de plano aventó todo y tiró la toalla, negándose a limpiar.
Estella no había comentado nada en el grupo, de seguro andaba apuradísima.
Mireya: [¿A poco no se les hizo guapísimo el oficial mayor?]
Macarena: [¡Sí! Y mira que yo estoy harta de ver puro chavo guapo, pero este se pasa, no es algo de todos los días].
Para seguirles la corriente, Cecilia puso: [Ajá, guapo].
Mireya: [Lástima que ya anda apartadísimo. Y encima le restregó a todo mundo que la novia está bien chula. Ha de pensar que nos íbamos a lanzar sobre él].
Cecilia: [Exacto, así que ni le busquen, su prometida es de armas tomar].
Ese pequeño mensajito soltó un bombazo de información.
A Mireya se le prendió la antena del chisme: [¡Órale, Ceci! ¿A poco lo conoces?]
[Sí] —fue la única respuesta de Cecilia, cortando el rollo.
Justo en ese instante, resonó el silbatazo desde el pasillo.
Cecilia: [Ya me formo].
Mireya: [Yo apenas acabo de tender la cama, también escuché el pitazo. Me dijeron que de eso dependía si tragábamos temprano o no].
Cecilia no estaba tan enterada de eso, pero Macarena sí que andaba al borde de la crisis existencial.
Las demás muchachas ya la estaban presionando.
—Oye, Macarena, suelta el celular tantito, ¿no? Eres la única de todo el cuarto que no ha acomodado nada.
—Es que no sé cómo se hace —murmuró la fresa, haciendo un puchero con los ojos grandes que hasta daba cierta ternura.
La jefa de su grupo rodó los ojos, fastidiada:
—Ay, mija, tu carita bonita no te va a salvar de esta. Si no arreglas ese cochinero, el oficial te va a poner una santa regañiza en la inspección.
—¡Pero de verdad que no sé!
Macarena sentía que el mundo estaba en su contra.
Ante esos ojitos tristes de niña bonita, ¿cuántos eran capaces de mantener la dureza?
La jefa la vio con puro enojo:
—¡Ah, qué chava de adorno! ¿Qué, en tu casa no mueves ni un dedo para arreglar tu cuarto?
—Para eso le pagamos a la muchacha de limpieza —respondió Macarena con total sinceridad.
La jefa le recriminó:
—¡Qué capitalista tan odiosa!
—No te confíes.
A la jefa le daba mala espina el asunto.
Y desde afuera ya le andaban gritando las demás:
—¡Jefa, córrele! A ver si por tu culpa llegas tarde a la formación y nos andan castigando a todas.
Esa chava claramente era de las que no tragaba a Macarena.
Sin más opciones, la jefa agarró a Macarena y se la llevó arrastrando hasta la formación.
Adelante en la fila, se oía cómo alguien murmuraba pestes, diciendo que chavas tan inútiles ni deberían salir de sus casas y mucho menos inscribirse en un campamento militar para recién ingresados.
Macarena admitió internamente que igual tenían razón; en eso de cuidarse sola estaba frita.
¡Pero también tenía otras virtudes!
Las consecuencias de que Macarena no supiera limpiar las barracas llegaron pronto: sus compañeras de cuarto escucharon su nombre resonar en el megáfono.
¡La estaban quemando y castigando públicamente!
Eso sí que nadie se lo esperaba.
Y la propia Macarena se quedó completamente en shock.

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