—Con lo guapo que está el instructor, seguro ya está apartado, ¿no?
—¡Si el oficial no tiene novia, yo me ofrezco como voluntaria!
—¡Yo no me fijo en el físico, lo mío es el estudio! Pero detrás de un gran estudiante hay un buen novio, ¡si el oficial fuera mi pareja, me sacrificaría felizmente por la investigación!
Todo se volvió un relajo de risas y coqueteos descarados.
Había que admitir que Fabián traía mucho pegue.
Los estudiantes andaban bien aventados; cada comentario era más ocurrente que el anterior.
Cecilia no aguantó la risa y le grabó un pedacito de video a Alba, agregándole el mensaje: [Tu prometido sí que levanta pasiones].
Alba lo vio de inmediato, pero no le molestó en absoluto.
Solo se río y contestó: [Pues obvio, ¡tengo muy buen ojo!].
Ese nivel de seguridad para chulear a su pareja y echarse flores a sí misma dejó a Cecilia impresionada.
Fabián miró a la chica que había gritado:
—¡Tengo prometida, y es muy guapa!
Cecilia sospechaba que en realidad quiso decir «mucho más guapa que tú», pero seguro se midió para no avergonzar a la muchacha.
A fin de cuentas, la chica no estaba fea. Se veía bien al natural, y con un poco de arreglo, sin duda era guapísima.
Pero al lado de Alba, no le llegaba ni a los talones.
Afortunadamente, como todos ahí eran alumnos de excelencia de la Universidad de Viento Claro, captaban rápido las indirectas; sabían que una broma estaba bien, pero insistir ya caía en lo pesado.
Así que la chica captó el mensaje y dejó el asunto por la paz.
Varias que le traían ganas al instructor se quedaron calladitas en cuanto escucharon que su prometida era guapísima.
Después de eso, las dudas de los alumnos volvieron a temas más normales.
Preguntaron desde la hora de la comida hasta las prácticas de tiro, y Fabián les fue contestando con bastante paciencia a todos.
Luego repartió los grupos a los demás oficiales instructores.
Se organizaron en parejas y cada dúo pasó por los grupos que les tocaban.
Los dos grupos de Medicina quedaron juntos, incluyendo a Cecilia.
[Amigas, ¿qué hago? Me dijeron que traigo demasiado equipaje y el prefecto me obligó a dejar un montón de cosas. ¡Solo pude salvar tres pares de zapatos! Y luego...]
Se soltó escribiendo biblias de puro coraje. Cecilia les dio una leída rápida: resulta que la chava se quiso bajar del camión con dos maletas gigantescas y otros dos bolsos de lona.
Y el prefecto la frenó en seco.
Le dijeron que, a lo mucho, le pasaban una maleta y un bulto.
Quién sabe por qué, pero a Cecilia le dio un buen de risa.
A la hora de la movedera, Macarena no jaló a Estella para que le echara la mano.
Haciendo uso de sus encantos de niña bien, convenció a un par de compañeros para que le acarrearan el tilichero hasta el cuarto.
Cecilia se apuró a tender su cama, dobló la cobija y acomodó el equipaje en su casillero asignado.
Luego checó la hora: le sobraban tres minutos.
Ya con tiempo, se puso a responderle al grupo: [Te lo dije hace tiempo, traer tanta cosa no iba a servir, pero no me creíste].
Mireya: [Oigan, ando vuelta loca arreglando mis cosas, ¿cuántos minutos nos quedan para formar?]

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