Para cualquiera, la negativa del pastor parecía la reacción honesta de un hombre de campo.
Sin embargo, la respuesta de León fue implacable.
—No tenemos tiempo para ayudarle. Si no se quita, le pasaremos por encima a los animales.
—Amigo, hágase a un lado ya. Estamos persiguiendo a gente muy peligrosa. Si nos retrasa, lo arrestaremos por obstrucción a la justicia.
El tono de León llevaba una clara amenaza.
El pastor empalideció de golpe.
—¡No las aplasten, por favor, todavía están vivas!
—Una advertencia más y lo consideraremos cómplice —sentenció León, lanzando el fajo de billetes por la ventana.
El dinero voló lejos, esparciéndose por el camino.
—¡Ay, Dios, pero qué hacen! —gritó el hombre, corriendo a recoger los billetes.
En ese preciso instante, León cerró la ventana de golpe.
El Sargento Calvo le dio la orden a Gonzalo.
—¡Arranca!
Gonzalo no dudó un segundo; pisó el acelerador a fondo y embistió hacia adelante.
Al ver que avanzaban, el auto de atrás también aceleró para perseguirlos.
Al mismo tiempo, dieron la orden para que los dos vehículos de adelante vinieran en contravía, bloqueándoles el paso por completo.
Las sospechas eran ciertas: estaban armados.
Desde el frente, abrieron fuego directamente contra la cabina del conductor.
Gonzalo sudaba frío, intentando maniobrar el pesado vehículo mientras esquivaba la lluvia de balas.
El Sargento soltó una maldición y sacó su arma de inmediato.
Con su fuego de cobertura, la presión sobre Gonzalo disminuyó un poco.
Pero la tranquilidad duró un suspiro.
El auto que los perseguía por detrás los embistió con brutalidad.
Gonzalo dio un volantazo desesperado, pero el vehículo perdió el control y terminó estrellándose contra la barrera de contención.
—¡Gonzalo! —gritó el Sargento, girándose para revisarlo.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Cecilia: De rechazada a soberana