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Cecilia: De rechazada a soberana romance Capítulo 1561

—¡No abras la ventana!

Justo cuando el joven soldado iba a asomarse para hablar, el Sargento lo detuvo de golpe.

Gonzalo lo miró confundido, pero el rostro del Sargento Calvo era de pura severidad.

—Si llegan a estar armados, asomarte es un pase directo al otro mundo —advirtió.

El vehículo que los precedía ya no estaba a la vista, pero era evidente que no andaba lejos.

Los dos autos que los seguían se habían detenido, esperando el momento exacto para actuar.

Si Gonzalo sacaba la cabeza, un francotirador en la retaguardia podría acabar con él en un segundo.

El Sargento estaba preocupado por el muchacho. Apenas llevaba dos años en el ejército; había aprendido a manejar en la milicia y lo hacía bastante bien. Era demasiado joven para dejar la vida en un lugar como ese.

—Lo siento, Sargento, me dejé llevar —se disculpó Gonzalo.

En la parte trasera, Agustín Sandoval y Cecilia Ortiz habían llegado a la misma conclusión táctica.

Ambos sospechaban que los tripulantes de los vehículos estaban armados. Al escuchar la rápida intervención del Sargento Calvo, dejaron escapar un suspiro de alivio.

—El Sargento tiene mucha experiencia, por ahora estamos en buenas manos —susurró Agustín para tranquilizar a Cecilia.

Pero la realidad era que los tenían acorralados. La situación pintaba muy mal.

Al volante, Gonzalo también sintió el peso del peligro inminente y miró a su superior.

—¿Cómo le hacemos entender al pastor? Se ve muy desesperado.

El campesino, por su parte, jamás imaginó que los militares se quedarían dentro del vehículo. Eso no cuadraba con sus planes.

El Sargento Calvo tomó un megáfono, bajó apenas una rendija de la ventana y dejó que su voz retumbara en el exterior.

—¡Amigo, estamos en medio de un operativo confidencial! ¡El tiempo apremia, por favor, mueva sus ovejas del camino!

El supuesto pastor no esperaba esa respuesta.

—¡Pero no puedo moverlas yo solo! ¿No podría bajar uno de ustedes a darme una mano?

El hombre dio un par de pasos cojeando y señaló su propio brazo.

—¡Ayer me lastimé trabajando!

Gonzalo miró al Sargento.

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