Aunque ella misma había pensado en esa posibilidad, jamás imaginó que el consejo vendría precisamente de Cecilia.
Cecilia no la había perdonado, pero tampoco le guardaba rencor, ¿verdad?
Después de haber visto la verdadera cara de tanta gente estos últimos días, Sabrina se sentía completamente decepcionada del mundo.
Pero la actitud de Cecilia volvió a encender una chispa de esperanza en sus ojos.
Cecilia nunca imaginó que un simple consejo dicho al azar haría que Sabrina se pegara a ella como chicle.
En los días siguientes, Cecilia se topaba con Sabrina en la cafetería, en los restaurantes fuera del campus, en los pasillos e incluso en las canchas deportivas. Las *coincidencias* eran demasiadas.
Ahora mismo, Cecilia estaba sentada en una cafetería cerca de la universidad, tomando un té, y viendo a Sabrina sentada justo frente a ella.
—Dime, ¿qué necesitas?
Últimamente se sentía como si tuviera una mosca dándole vueltas... bueno, quizás la comparación era un poco cruel.
Sabrina parpadeó con una inocencia ensayada.
—Cecilia, tu consejo fue brillante. Ya hay mucha menos gente hablando mal de mí.
Sabrina había ido a la estación de policía a llorarles un poco. Los oficiales, dándose cuenta de que habían sido descuidados y le habían arruinado la reputación a una joven estudiante, accedieron a ir a la universidad para aclarar la situación.
Aunque algunos todavía la miraban de reojo, la situación había mejorado enormemente.
Al menos sus supuestas amistades ya habían vuelto a hablarle.
Pero, al intentar reconectar con su círculo social, Sabrina sentía que algo se había roto. Todo le parecía falso y aburrido.
Sentía que toda esa gente no valía ni la mitad de lo que valía la sinceridad cruda de Cecilia.
—Qué bueno que funcionó. Si no tienes nada más que decir, me retiro.
Cecilia se puso de pie.
Solo había salido porque tenía hambre a media tarde y quería comerse un postre y tomar un café tranquila. ¿Cómo demonios había aparecido Sabrina de la nada?
¿Acaso le había puesto un rastreador GPS?
—¿Vas de regreso a la facultad? ¡Voy contigo!
Sabrina se levantó de un salto.
Cecilia frunció el ceño.
—No voy a la facultad, voy a mi casa.

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