—¡Quiero ser tu amiga! —dijo Sabrina con seriedad.
Cecilia la miró, tentada a recordarle que se suponía que eran enemigas.
Pero la expresión de Sabrina era demasiado genuina.
—¿Estás segura? Si te haces mi amiga, perderás automáticamente cualquier derecho a coquetear con Agustín Sandoval.
El rostro de Sabrina se congeló por un segundo.
¡Maldición, no había pensado en ese pequeño detalle!
¿Aún estaba a tiempo de arrepentirse?
Al ver que Cecilia la miraba fijamente, Sabrina no tuvo más remedio que forzar una sonrisa.
—Tampoco es que sea el único hombre en el mundo. Como dicen, amigas antes que hombres...
—No te preocupes por eso, de verdad. Si nos hacemos amigas, te juro que jamás intentaré robarte al señor Sandoval.
—Es muy guapo, sí, pero los chicos de mi círculo tampoco están tan mal.
—Y en el peor de los casos, siempre puedo dejar que mi familia me arregle un matrimonio.
Aunque Sabrina no tenía idea de cómo había surgido el compromiso entre Cecilia y Agustín, consideraba que los matrimonios arreglados tenían sus ventajas: al menos te ahorraban lidiar con hombres mediocres y sin futuro.
—¿Lo dices en serio? —Cecilia estaba genuinamente sorprendida de lo rápido que había renunciado.
Agustín era un hombre excepcional, ¿no le dolía ni un poquito dejarlo ir?
—Totalmente en serio —afirmó Sabrina. Para ella, un hombre no valía la pena si eso significaba arruinar una buena amistad.
Si Cecilia la trataba como a una hermana, ella haría lo mismo.
Y si el prometido de su nueva amiga era así de increíble, seguramente también sacaría algún beneficio de tenerlos cerca, ¿no?
El cambio tan radical de Sabrina dejó a Cecilia bastante descolocada.
Al final, terminó aceptando la invitación a comer.
Como era viernes y no tenían que preocuparse por las clases del día siguiente, fueron juntas a probar la comida de Aventuria.
El lugar era tan bueno como Sabrina había prometido.

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