En cuestión de días, Sabrina lucía demacrada y sin vida.
Aunque había explicado que solo estaba colaborando con la policía en una investigación de rutina, los pasillos de la universidad decían otra cosa.
La imaginación de los chismosos no tenía límites. El rumor más descabellado aseguraba que ella había envenenado a alguien, que la víctima había muerto y por eso la policía la había buscado.
Y que, gracias al poder y dinero de su familia, habían logrado encubrir el asesinato.
Sabrina ya ni siquiera tenía fuerzas para desmentirlo.
Se limitaba a esbozar una sonrisa pálida, incapaz de decir una palabra. Estaba exhausta.
Cuando Cecilia volvió a cruzarse con Sabrina, vio a una chica que parecía haber sido drenada de toda su energía vital.
Quizás por pura curiosidad, Cecilia se quedó mirándola un segundo de más, lo suficiente para que Sabrina lo notara.
—Hola, Cecilia —saludó Sabrina con una voz apagada.
Aunque los últimos días habían sido un infierno para ella, estaba tan acostumbrada a llevar una máscara impecable que aún intentaba mantener las formas.
Al verla en ese estado tan lamentable, Cecilia no supo si sentir lástima por ella o no.
—¿Estás bien? —preguntó Cecilia con total naturalidad.
La pregunta tomó a Sabrina por sorpresa.
Por un momento, no supo distinguir si Cecilia estaba siendo genuina o si se estaba burlando de ella.
Recordó cómo Cecilia había sido víctima de rumores horribles por su culpa, y finalmente, el peso de sus propios errores la golpeó con fuerza.
Tomó su bandeja de comida y se sentó justo frente a Cecilia.
—¿Te importa si me siento aquí?
Ese día, Cecilia había ido a comer sola a la cafetería.
Casualmente, Sabrina también andaba sola últimamente.
Cecilia no tenía idea de qué mosca le había picado a Sabrina, pero tampoco la rechazó.
—Adelante.
Sabrina se acomodó en la silla y miró a Cecilia con profunda seriedad.
—Cecilia, quiero pedirte perdón por todo lo que pasó antes.
—¡Lo siento mucho!
Cecilia la miró con genuina sorpresa.

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