—Oficial, yo no sé nada, por favor, tienen que creerme.
Sentada en la patrulla, Sabrina intentaba mantener la compostura, pero sus dedos estaban entrelazados con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
Jamás imaginó que el asunto de Charlotte Dubois fuera tan grave.
Con razón su papá le había prohibido meterse, y hasta preguntar por ella.
Pero, pensándolo bien, también era culpa de su papá. ¿Por qué no se lo explicó con claridad desde el principio?
Si él le hubiera dicho la verdad, jamás se habría atrevido a indagar sobre Charlotte.
Y lo mismo aplicaba para Cecilia. Si le hubiera dicho antes que Charlotte era peligrosa, ella no habría...
Pero ya era tarde para buscar culpables. Iba camino a la estación de policía.
—Si sabe algo o no, eso lo determinaremos después de la investigación.
El oficial no se dejó conmover por el clásico *yo no sé nada* de Sabrina.
—De verdad no sé nada. Solo me hice su amiga, lo máximo que hacíamos era ir a comer o a dar una vuelta por el centro comercial.
Sabrina comenzó a soltar cada detalle, sin la más mínima intención de ocultar nada.
—Escuché de una compañera que Charlotte estaba buscando a alguien para curar a su maestro.
—No tengo idea de quién sea su maestro. Antes de eso, ella quería que mi abuelo la ayudara, y supongo que por eso se acercó a mí.
—Pero mi abuelo es un hombre muy ocupado, no tiene tiempo para esas cosas, y yo no puedo tomar decisiones por él, así que la rechacé sutilmente.
—Después me enteré de que llevó a su maestro a Villa Solana para buscar a esa compañera.
Mientras confesaba todo, Sabrina no dudó en arrastrar a Cecilia al problema.
Quizás fue su subconsciente tratando de protegerse, o simplemente fue un acto involuntario al lanzar a Cecilia bajo el autobús.
Sin embargo, la policía ya tenía el expediente completo de Cecilia. Así que cuando escucharon a Sabrina intentar desviar la atención hacia ella, ni siquiera se inmutaron.
La declaración de la señorita Ortiz ya estaba más que documentada y había sido entregada personalmente por el capitán Lara.

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