Cecilia frunció el ceño con disgusto:
—No vine a participar en la fiesta de cumpleaños de Sabrina.
Hizo el ademán de darse la vuelta, pero la detuvieron al instante.
—¿Eres tú?
—Cecilia, ¿todavía te atreves a asomarte por aquí?
El tono de voz se le hizo terriblemente familiar.
Cecilia volvió la mirada y supo que, a pesar de los imprevistos, los achichincles de siempre harían su aparición de un momento a otro.
Y allí estaba Jorge, el mismo tipejo que seguía los pasos de Sabrina por todo el comedor de la universidad.
Cuando Cecilia se atrevió a declinar la invitación oficial de Sabrina, fue precisamente él quien armó el escándalo en voz alta, poniendo en ridículo a la organizadora frente a todos.
El rostro que Sabrina había puesto en esa ocasión daba cuenta de su terrible incomodidad.
Aun así, Jorge terminó autoconvenciéndose de que fue Cecilia la agresora, la que molestó a Sabrina y provocó su disgusto.
Un sujeto incapaz de leer las sutilezas sociales y expresiones en las mujeres como él, inevitablemente sería catalogado como un simple segundón.
—En serio, Cecilia, mejor retírate de una vez; Sabrina va a molestarse en cuanto se entere que andas aquí —le secundó Regina, tomando confianza ante el respaldo.
Jorge ennegreció el rostro al escuchar que la chica mencionaba el nombre de su musa.
—¡Oye, tú! Sácala en este mismo instante. Ni siquiera está en la lista del cumpleaños. ¿Por qué le abriste la puerta? —le gritó al camarero.
El empleado del local se encontraba entre la espada y la pared.
¿De verdad esta joven tan bonita había venido en plan de colada sin una invitación oficial?
—Señorita, ¿sería tan amable de enseñarnos su tarjeta de invitación primero? —solicitó el hombre con timidez.
A Cecilia ya le daba demasiada pereza malgastar energía rebatiéndoles algo a Regina y a Jorge.
En cuanto a la petición del empleado, apenas iba a contestarle cuando otra presencia se hizo notar.
—¡Cecilia!
Era Julia, quien caminaba aferrada del brazo de su hermano Luis.
Junto a los dos se encontraban Wendy y el chico que iba como su pareja.
El acompañante, Jim, era un estudiante extranjero de intercambio, al igual que Luis.
—Señorita Ortiz —pronunció Luis con su habitual aplomo, logrando verse más centrado que Julia.
Con una suave sonrisa, el muchacho le dio un amigable saludo.
—¿Y cómo es que llegaste tú sola? ¿Dónde dejaste a Agustín?
¿Acaso a toda esta bola de metiches se les cruzaban los cables en cuanto ella abría la boca?
—De nada te sirve poner excusas a estas alturas, Cecilia. Ya nos dijimos a nosotros mismos que, hagas lo que hagas, te impediremos entrar en ese salón.
—Hoy, Sabrina festeja su nacimiento, así que ten la dignidad de no amargarle la existencia.
Cada oración que exclamaba la escupía envuelta en esa absurda e incondicional lealtad al honor de Sabrina.
Resultaba una tragedia que, debido al cinismo de Jorge y sus habladurías difusas de ese día, el mundo ahora tachara a Cecilia de "rechazada por Sabrina".
Tampoco cabía la menor duda de que las mentiras de Jorge ya comenzaban a jugarle sucio con el nerviosismo que mostraba a los ojos escrutadores de Cecilia.
Mientras alcanzara su principal propósito, echar a aquella entrometida, ya nada importaba. No planeaba recular ante nadie.
Bajo ninguna condición iba a humillar a Sabrina confesando a los cuatro vientos que, en un principio, era la propia festejada quien en un primer gesto de amabilidad, había decidido obsequiar la preciada tarjetita.
—La verdad es que dudo que yo posea la capacidad de amargar a Sabrina —afirmó Cecilia con pasmosa naturalidad—.
—Pero, debido a que muchos asumen por inercia que vine de metiche, bien podemos recurrir a las partes para limpiar mi nombre. Invito a Sabrina a confirmar con sus labios si realmente me negó el paso o si fui yo la que declinó el asunto en cuestión.
En cuanto estas palabras se dispararon de los labios de la aludida, el tono del rostro de Jorge viró drásticamente en palidez.
El temor delatado saltó a la luz para todos en aquel rincón.
—¿Por qué te quedas callado, Jorge? —agregó ella—. He notado que estos días ha corrido el rumor por la escuela de que le rogué a Sabrina por una invitación y me la negó.

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