Después de todo, Enzo seguía siendo estudiante de la Universidad de Viento Claro, lo que le facilitaba conseguir contactos y recursos.
Asier no había querido acceder al principio, sospechando que los estaba arrastrando hacia alguna movida ilícita.
Ahora que el proyecto había sido un rotundo éxito comercial, lo más seguro es que Asier se sintiera aún más inquieto.
Pues, a pesar de figurar como el líder de investigación, la fórmula le pertenecía a alguien más.
Simplemente se dedicaron a adaptarla a partir de la receta base, lo que facilitó el proceso inmensamente.
—¿Alguien capaz de desarrollar una fórmula de este nivel debe ser toda una eminencia en el mundo de la medicina, verdad? —aventuró Asier.
—Señor Ortega, ¿cree que me la podría presentar?
¡Asier no cabía en sí de la emoción!
Incluso se alisó la ropa por instinto, temiendo verse descuidado y ofender a tan respetada figura.
—Claro que sí —aseguró Enzo.
La última vez que había llevado a Ceci a ver las instalaciones de la empresa no llegó a revelar su verdadera identidad ante todos.
Pero esta vez, sin duda, haría una presentación oficial.
Inicialmente, Cecilia planeaba mantenerse oculta en las sombras y dejar que Enzo figurara.
No obstante, al considerar que seguía sin tener rastros de sus padres, decidió arriesgarse y exponerse al escrutinio.
Quién sabe, tal vez aquellos sujetos ocultos decidirían ir tras ella al enterarse de que una chica de su edad era la responsable de una fórmula tan codiciada.
Por su parte, Enzo no había visto tan lejos.
Para él, lo que decía su prima era ley y nunca lo cuestionaba.
Cecilia ni se imaginaba que alguien estuviera conspirando a sus espaldas antes siquiera de su llegada.
Al llegar a Villa La Luna Plateada en su coche, un guardia la recibió en la entrada.
En cuanto se bajó, uno de los camareros del establecimiento se acercó para guiarla.
—Señorita, ¿a qué salón se dirige?
Cecilia estaba por abrir la boca para responder, pero un chillido la interrumpió.
—¿Cecilia?
Alguien la había reconocido.
Era Teresa.
—¿Teresa? —dijo Cecilia.
Cecilia se sorprendió ligeramente de verla allí.
A falta de gritarle directamente que era una sinvergüenza, fue el dardo más afilado que encontró.
La gente que rondaba la entrada giró la cabeza para fijar la mirada en Cecilia.
Hasta el camarero dio por hecho que iba al cumpleaños de Sabrina.
Era joven, de una edad cercana a la festejada.
Por pura estadística, tenía que ser una invitada de la señorita Hernández.
Por eso se quedó desconcertado al oír que la chica en realidad carecía de invitación formal.
Porque el coche en el que ella acababa de llegar no era cualquier cosa; era un auténtico lujo. ¿Qué persona llegaba manejando tremenda joya automotriz para andar de gorrona en una fiesta?
¡Esa escena simplemente no concordaba!
De cualquier manera, no era su lugar ni el momento para emitir un juicio en voz alta.
—Esa de ahí es Cecilia, ¿verdad? La del primer lugar en el examen de los de nuevo ingreso. Será muy lista y todo, pero caer de sorpresa sin estar invitada por Sabrina es una pésima costumbre —se escuchó murmurar.
—Cuentan por ahí que fue de rogona a pedirle una tarjeta y se la negaron.
—Seguro pensaba que con ser la de mejores calificaciones ya tenía derecho a juntarse con la familia Hernández.
—Y eso prueba que tener dieces no sirve de nada si no tienes familia de alcurnia. Ahí se ve que los Hernández sí pesan bastante.

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